Edición No. 473, 3 de noviembre de 2018

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Orteguismo y sandinismo

En el muy comentado discurso de despedida de la Embajadora de Estados Unidos, Laura F. Dogu, señaló que “Estados Unidos está con el pueblo de Nicaragua, incluido los miembros del partido sandinista que están pidiendo reformas democráticas y el fin de la violencia”. Y agregó que durante los tres años como embajadora “hemos estado dispuestos a trabajar con miembros del partido sandinista y seguimos dispuestos a trabajar con aquellos que buscan una reforma democrática”.

Obviamente, no se refería la ex embajadora al Movimiento Renovador Sandinista (MRS), que rompió con Ortega en 1995, precisamente porque apoyaba la democratización del gobierno de Violeta Chamorro, mientras Ortega se oponía. Ni a las posteriores oleadas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), repelidos y expulsados por el proceso de privatización orteguista del FSLN, que terminó en el pacto Alemán-Ortega que dio a los dos caudillos el control monopólico de sus membresías partidarias.

La diplomática se refería, obviamente, a los miembros del FSLN que han visto con estupor la masacre, rumian en silencio su disgusto con el curso que ha tomado Nicaragua, y a muchos que en forma dramática hemos visto en testimonios de familiares asesinados diciendo: “¡lo mataron, y yo que soy sandinista, pero no orteguista!”

El 5 de mayo, muy al inicio de la represión, escribimos en La Prensa y comentamos en Radio Corporación, que “mientras el orteguismo no podrá volver a la estabilidad autoritaria perdida, el sandinismo en su sentido amplio tendrá que ser parte de cualquier solución estable a largo plazo, que solamente puede ser la democratización, también perdida”. Y justo una semana después señalamos: “La distinción entre sandinismo y orteguismo, es definitiva. Los eslogan que se corean en las calles de Nicaragua, son de estirpe sandinista: “¡Qué se rinda tu madre” !, el epopéyico grito de Leonel Rugama, combatiendo solo contra la Guardia de Somoza, se corea en las manifestaciones contra Ortega, subrayando esa distinción”.

La coincidencia por la lucha democrática entre sectores del antisandinismo y el sandinismo no orteguista, no es tan reciente, aunque ahora esa coincidencia se ha visto engrosada por muchos miembros del FSLN que abierta o disimuladamente no comparten la orgía de sangre en que ha caído Ortega en su afán dinástico. Juntos dimos la batalla en las municipales de 2008, en que Ortega realizó un gigantesco fraude, y juntos respaldamos la candidatura de Fabio Gadea Mantilla en 2011, en que se repitió el fraude, y juntos fuimos excluidos del proceso electoral de 2016, y juntos hemos estado, codo a codo, en la insurrección cívica, con muchísimos, la mayoría de nicaragüenses, que no aceptan el viejo encuadramiento entre sandinismo y antisandinismo.

La Nicaragua del futuro, que ya asoma, nos pertenece a todas y todos los nicaragüenses.

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Edición No. 472, 27 de octubre de 2018

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Al lado del pueblo

 Aunque no le conozco personalmente, me ocurre lo mismo que a la casi totalidad del pueblo nicaragüense: por Monseñor Báez tengo respeto y admiración.

Por estas fechas hace un año le entrevistaron con motivo de la visita que la Conferencia Episcopal realizó al Papa Francisco, y recuerdo que ante una pregunta suya el Papa les dijo que el lugar de la Iglesia y sus pastores era al lado del pueblo. ¿Dónde se esperaba que estuviesen los Obispos, que ya habían anticipado su preocupación por los problemas de Nicaragua en sus numerosas pastorales, y en la carta que dirigieron a Ortega en mayo de 2014 y que nunca respondió, en la masacre que no termina? Si hasta los sandinistas, como Brenes, Maldonado, Morazán y muchos más, han participado de las protestas y están siendo perseguidos con rencor, ¿qué se esperaba de los Obispos que en su ecumenismo no distinguen de sandinistas y no sandinistas, empresarios y empleados, católicos y no católicos?

Son diversas las interpretaciones de la ferocidad y fragilidad de los ataques de esta semana contra el Obispo Báez, y el involucramiento de Ortega y su círculo más inmediato en los mismos. Todas tienen en común el atrincheramiento del régimen en el terror, no importándole las consecuencias sobre Nicaragua. Y el núcleo político-ideológico de ese atrincheramiento, habiendo sido Ortega expropiado hasta de las consignas que en alguna ocasión aglutinaron a sus simpatizantes, es el odio.

“¡Qué se rinda tu madre! ¡El pueblo, unido, jamás será vencido! ¡Vivirás Monimbo!”, y muchas otras, pertenecen a las protestas que estallaron en abril, y las hay nuevas que responden a esta épica nicaragüense, como “¡Eran estudiantes, no eran delincuentes!, ¡Alvarito Conrado, Presente!”, ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!, y la muy sugerente y que resume todo el ideario democrático de las protestas: “¡Patria Libre y Vivir!”. Al orteguismo solamente le ha quedado el odio: “¡Golpistas asesinos!”, que han repetido contra el Obispo Báez, y de paso contra toda la Conferencia Episcopal.

El odio como aglutinante ideológico es la derivación del perfil de intolerancia de la cual dio manifestaciones el régimen de Ortega, desde el primer día. A esa intolerancia le pertenece desde el progresivo fraude, hasta el cierre total de los procesos electorales salvo para sus colaboradores, y las limitaciones a la libertad de expresión y subordinación de todos los poderes del Estado, hasta terminar en el actual baño de sangre. Pero, como lo dijo el Padre Miguel Mántica, entrevistado por TV sobre los ataques al Obispo Báez, la nación que queremos pertenece a todas y todos, incluso a los orteguistas, porque se trata de realizar ese eslogan lleno de futuro, entonado por los manifestantes en las protestas: “¡Patria libre y vivir!”

Edición No. 471, 20 de octubre de 2018

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¿A quién creer?

El próximo lunes viene una misión del Fondo Monetario Internacional (FMI), y su llegada seguramente influenció para que las autoridades económicas del gobierno, con la obvia aprobación de Ortega, hayan aceptado que este año la economía tendría un crecimiento negativo del -4%. Ese deterioro de la economía se incorporó en el proyecto de presupuesto que recién se presentó ante la Asamblea Nacional, y pocos días antes lo había anticipado el FMI y otros organismos financieros internacionales, confirmando el peor de los escenarios que el Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP) y la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (FUNIDES) habían monitoreado entre sus empresas.

La pregunta obligada es a cuál Ortega creer. ¿A Ortega que continúa reprimiendo, o a Ortega que autoriza al Ministro de Hacienda que presente un presupuesto que asume el desastre económico en que nos tiene sumidos, por su negativa a la democratización de Nicaragua?

La misión del FMI encontrará algunas certezas que no podrá ignorar. La primera certeza, es que Ortega continúa la represión, profundizando el clima de inseguridad jurídica y desconfianza política con el cual es imposible cualquier intento de recuperación económica. La segunda certeza, es que en los hechos Ortega ha venido cumpliendo lo que señaló en su discurso del 21 de septiembre, en el cual no solamente amenazó al sector privado, sino que reivindicó lo que llamó, textualmente, la “Nueva Economía Popular”, diciendo que “en sus propias piernas, en su propia Inteligencia, en sus propias Fuerzas, Nicaragua va a asegurar el alimento para l@s nicaragüenses…”. La tercera certeza, es que en consonancia con esa nueva economía popular, ha decidido crear la Empresa Nicaragüense de Importaciones y Exportaciones (ENIMEX), para competir con el sector privado, como lo temen y han hecho público los gremios empresariales. Y la cuarta certeza, es que se ha eliminado la publicidad de los registros para ocultar transacciones y transferencias de propiedad, en una francachela de corrupción que solamente en el INSS, el rendimiento por inversiones ha pasado de casi 70 millones de dólares en 2010-2011, habiendo Ortega recibido el INSS con superávit, a menos de 3 millones proyectados en 2019.

La semana pasada escribimos que aún estamos a tiempo de evitar una transición catastrófica de la dictadura a la democracia. El año 2009 la economía tuvo un crecimiento negativo del -3.3%, a causa de la crisis financiera internacional, y en los siguientes tres años creció en promedio al 5.7%. La recuperación ahora no sería tan acelerada pues la confianza tardará en recuperarse, pero la catástrofe aún puede evitarse. La condición clave, como lo dijimos la semana pasada en esta columna, y es válido para el FMI, es “que ninguno, pero absolutamente ninguno de los actores nacionales e internacionales, con incidencia en la problemática de Nicaragua, trasmita a Ortega que existe otra opción que el diálogo, la negociación y elecciones adelantadas”.

 

Edición No. 470, 13 de octubre de 2018

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¿Otra transición catastrófica?

Hace exactamente un año, en octubre de 2017, publiqué un folleto titulado “Nicaragua, ¿Es inevitable otra transición catastrófica?”, en el cual recogía tres artículos publicados en La Prensa y también comentados en Radio Corporación, pocos meses antes.

En la Introducción de ese folleto señalaba: “Al final de muy largos períodos de prosperidad económica en Nicaragua, los gobiernos autoritarios de José Santos Zelaya (1893-1909) y de la familia Somoza (1934-1979) terminaron en una catástrofe política de intervenciones extranjeras, insurrecciones, revoluciones y guerras civiles, que revirtieron por muchos años todo el progreso económico y social alcanzado”.

La publicación era una ardiente argumentación sobre qué hacer para evitar un desenlace catastrófico del régimen autoritario de Ortega. Para entonces, igual que con Somoza, había estabilidad autoritaria con vigoroso crecimiento económico. “Resultará difícil a los actores presentes pensar que la estabilidad actual es efímera”, señalaba en uno de los artículos, agregando: “Pero bastaría que se pongan en los zapatos de sus padres y abuelos a mediados de los años 70, para entender que la misma sensación de estabilidad tenían ellos”.

En cuestión de pocos días, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) han declarado que el presente año la economía decrecerá entre el 3.8% y el 4%, confirmándose así la previsión de la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (FUNIDES) y del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP) sobre los costos de la crisis política.

Sin embargo creo, pese a lo anterior, que aún estamos a tiempo de evitar los peores extremos de una transición catastrófica. La clave está en que ninguno, pero absolutamente ninguno de los actores nacionales e internacionales, con incidencia en la problemática de Nicaragua, trasmita a Ortega que existe otra opción que el diálogo, la negociación y elecciones adelantadas.

La Unidad Azul y Blanco (UNAB) ha hecho lo propio al reiterar el llamamiento al diálogo y definir un marco de principios programáticos en el que cabemos todos los nicaragüenses, al compatibilizar equidad, democracia y economía de mercado, y sumar a Ciudadanos por la Libertad (CxL), que representan a un sector del liberalismo reiteradamente excluido en el afán autoritario de Ortega y sus socios colaboracionistas.

La relativa estabilidad actual, en base al terror, es incompatible con el crecimiento económico. En este sentido, Ortega está en una contradicción insalvable: el terror le da control territorial, pero le quita apoyo político y ahuyenta la confianza económica. La estabilidad con legitimidad política y confianza económica, solamente será posible con elecciones libres, creíblemente democráticas, y entre más pronto, mejor. Cuanto más tiempo con estabilidad en base al terror, más catastrófica será la inevitable transición de la dictadura a la democracia.