Edición No. 463, 18 de agosto de 2018

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Peligro para el ejército

Las fuerzas paramilitares que ha organizado Ortega representan una amenaza directa al Ejército de Nicaragua.

Igual que las fuerzas de choque del Partido Nazi de Hitler, conocidas por sus siglas (SA) y también como “camisas pardas” por el color de su ropa, las “camisetas azules” de Ortega comparten algunas características: a) lealtad absoluta a su líder, por encima de cualquier cosa; b) actuar por encima de la ley; c) estar dirigidas por exmilitares y expolicías; d) ser instrumento de terror político.

Ortega se ha encargado, cada vez que puede, de recordar al Ejército y la Policía su origen en la Revolución Sandinista, haciendo caso omiso de la institucionalización posterior. No es casualidad, por ejemplo, que mientras en todas las entrevistas que ha dado recientemente haya tratado de proyectar una imagen diferente, y para tal fin se hizo acompañar únicamente de banderas de Nicaragua, en el 39 aniversario de la Fuerza Aérea, como en todas las otras actividades oficiales, se acompañe también de banderas rojinegras.

Desde luego, se ha encargado de reducir la revolución sandinista y el propio frente sandinista a su persona. De ahí que el salto a identificar ejército y policía con su persona, es muy corto, y si no estamos atentos, más pronto que tarde Ejército y Policía serán convertidos en guardia pretoriana, personal, como en el caso de Hitler.

La colaboración de la Policía y complacencia del Ejército con las fuerzas paramilitares, apuntan en esa dirección. Y en poco tiempo, esa colaboración y complacencia será subordinación, como ocurrió en el caso de Alemania con las guardias de élite (SS) y la policía política (Gestapo), en que terminaron evolucionando las “camisas pardas”.

Tampoco es casualidad, que tanto en el discurso del 19 de julio, como en algunas de esas entrevistas a medios internacionales, Ortega haya deslizado que esas fuerzas paramilitares son de autodefensa y policías voluntarios, sugiriendo su institucionalización.

Por el momento, las víctimas de los paramilitares están entre la población que ha protestado contra el régimen de Ortega. Pronto, muy pronto, esas fuerzas paramilitares, si no son contenidas y desarmadas, extenderán su represión al Frente Sandinista, al Ejército y la Policía.

La “Noche de los cuchillos largos” fue la purga que se realizó entre el propio partido nazi, para eliminar a todos aquellos dirigentes cuya lealtad a Hitler era dudosa. Lo mismo podría ocurrir dentro del FSLN.

Al Ejército y la Policía Nacional, porque cualquier alegación de institucionalidad y profesionalidad será vista con sospecha, como deslealtad.

Ortega ha decidido mantenerse en el poder mediante el terror, y en ese proceso ha quemado etapas en comparación con Hitler. De no ser desarmadas y desmanteladas las fuerzas paramilitares, días temibles acechan a Nicaragua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Edición No.462, 11 de agosto de 2018

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Muñequito

¿Hacia dónde va Nicaragua?

A causa de la represión, la ciudadanía nicaragüense tiene una sensación de zozobra e impotencia, y pese a esos sentimientos continúa luchando cívicamente, como lo demuestran diversas manifestaciones autoconvocadas en diversas partes del país, y las iniciativas de protesta tomadas por la Alianza Cívica para los siguientes días.

Para Ortega, la represión no le conduce a ninguna parte y, por el contrario, está sellando su final por el repudio entre los ciudadanos, la reacción internacional, y el deterioro de la economía que nadie, dentro y fuera del país, atribuye a otra causa que no sea su empecinamiento terrorífico.

Repasemos, rápidamente, los aspectos fundamentales de la situación de Ortega.

El intento de proyectarse como un factor de estabilidad en la región ha terminado, y el consenso regional e internacional es que su permanencia en el poder es precisamente la causa de inestabilidad en Nicaragua y la región centroamericana.

Ha sido inútil el rechazo del gobierno de Ortega a la resolución del Consejo Permanente de la OEA para establecer un Grupo de Trabajo sobre Nicaragua, y hace dos días el Grupo se integró, y por más que se mantenga el rechazo del gobierno al mismo, su papel en la solución de la crisis será inevitable. La persistencia del rechazo de Ortega al Grupo de Trabajo, arriesga más sanciones, y es importante recordar que la resolución que creó el Grupo de Trabajo, y su propia integración, fue respaldada por la casi totalidad de países del continente, incluyendo los más grandes. El Caribe se abstuvo, pero los dos países más importantes, Jamaica y República Dominicana, la apoyaron, y solamente tres países respaldaron a Ortega.

Siempre en el plano internacional, Ortega apuesta a que el nuevo gobierno mexicano le apoyará, que Brasil tendrá elecciones y podría cambiar su posición, y que recuperen los precios del petróleo y Venezuela concurra en su ayuda. Pero se equivoca. El nuevo Presidente mexicano no será insensible a una opinión pública mexicana que ha condenado a Ortega, y no agregará más temas a su complicada agenda con Estados Unidos; los resultados electorales de Brasil son inciertos y difícilmente un nuevo gobierno abandonará el consenso regional; y aunque suban los precios del petróleo, la abrupta caída de la producción no permitirá a Venezuela ocuparse de otra cosa que no sea el alivio de su precaria situación económica.

Internamente, el intento de recomponer la presencia de la Conferencia Episcopal en el Diálogo Nacional ha fallado, los presos políticos han agregado una demanda que ha galvanizado aún más a la Alianza Cívica, y la criminalización de la protesta y la represión judicial ha aumentado el inventario de violaciones a los derechos humanos en el registro de las organizaciones internacionales.

Y en el plano económico, los costos actuales de la crisis son solamente un anticipo de mayores pérdidas y restricciones que terminarán incrementando el repudio de la población. La ilusión gubernamental que los desempleados por la crisis terminarán resignándose y le apoyarán, es tan vana como la desconfianza que ha generado en el sector empresarial la toma de tierra y otras medidas vengativas.

En el titular de este artículo nos preguntamos hacia dónde va Nicaragua. Con Ortega, a ninguna parte, y esta conclusión es tan fundada como que el fin de su gobierno es solamente cuestión de tiempo.

El Pulso de la Semana, con Mundo Jarquín. Edición No. 461, 4 de agosto de 2018

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La “flexibilidad” de Ortega

Esta semana Ortega ha continuado su intento, a través de entrevistas, de cambiar la percepción internacional sobre su gobierno y su  responsabilidad personal en la masacre. Y, de paso, armar su juego frente a presiones externas mientras, a su vez, reprime las presiones internas.

En todas las entrevistas, y en el discurso del aniversario de la Fuerza Área, Ortega ha repetido cinco afirmaciones, todas orientadas a la aglutinación de su limitada base política y, de paso, a la preparación de sus partidarios para concesiones que  hará.

Las afirmaciones de Ortega son:

La crisis fue producto de una conspiración golpista, de una minoría terrorista, financiada por el imperialismo (lo dijo en Telesur, pero se cuidó de no decirlo en CNN y Fox). Kilómetros de gente manifestándose son minoría terrorista.

Esa minoría terrorista es de derecha, ignorando la naturaleza pluriclasista de protestantes, y que muchos de los muertos, presos y desaparecidos son de sectores populares, por la desigual composición social de Nicaragua.

Los muertos, entre los que Ortega solamente cuenta policías y partidarios, son producto de un conflicto armado. Niega, así, la documentada evidencia de la naturaleza cívica de la protesta, y que la casi totalidad de muertos estaban desarmados. Su insistencia en la condenable incineración y festejo de un partidario suyo, no niega el carácter cívico de la protesta, como tampoco lo niegan casos aislados de respuestas con armas de fuego, de algunos entre una población agredida.

Cuarta mentira, estamos volviendo a la normalidad.

Y quinta, no a las elecciones anticipadas.

Ortega sabe que no es viable mantener el plazo para la realización de elecciones hasta noviembre de 2021. Los órganos de inteligencia de la policía y el ejército, le han informado que la inconformidad con su gobierno es mayoritaria. Ortega también sabe que es imposible recuperar el crecimiento económico, y que las finanzas públicas muestran la fatiga que anticipa una crisis.

En ese contexto, es posible que Ortega se “flexibilice” y conceda un anticipo de elecciones para finales de 2020 o inicios de 2021, buscando que la comunidad internacional se dé por satisfecha, y a la vez intentar romper la unidad de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, que insiste en la realización de elecciones el próximo año.

Esa y otras “flexibilidades” de Ortega, además de tramposas, no cambian la naturaleza del gobierno. Además, no se compadecen con la posibilidad de recuperación de la economía, aunque detenga agresiones contra el sector privado, pues ya perdió la confianza. Y menos se compadecen con el clamor de justicia y democracia de familiares de asesinados, heridos y perseguidos, y de todo un pueblo que ha enfrentado, desarmado y a pecho descubierto, las balas represivas.

 

Edición No. 460, 28 de julio de 2018

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La “normalidad” de Ortega

En las entrevistas que dio a FoxNews y Telesur, Ortega dijo que Nicaragua había recuperado “la normalidad”.

Es totalmente lógico que todos los nicaragüenses, y textualmente digo todos, nos preguntemos sobre la normalidad, que según Ortega, hemos recuperado.

¿Será que los padres y familiares de los 400 muertos, y más, han “recuperado la normalidad”? Y, léase bien, contamos a todos los muertos, incluyendo policías, paramilitares y simpatizantes de Ortega que, según la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos), representan una pequeña fracción del total, pero igual son víctimas de Ortega, y nos duelen.

¿Será que los padres y familiares de los presos han “recuperado la normalidad”?

¿Será que los padres y familiares de los desaparecidos han “recuperado la normalidad”?

¿Será que los padres y familiares de los que han tenido que emigrar, por veredas y puntos ciegos de las fronteras, o legalmente, huyendo de la persecución de policías y paramilitares, han “recuperado la normalidad”? ¿O los enmontañados por la represión en Lóvago y otras partes?

¿Será que los nicaragüenses y sus familias, que han perdido los empleos, por la testarudez de Ortega, quien se niega de manera categórica a dar otros pasos, que no sea la represión, para intentar solventar la crisis, han “recuperado la normalidad”?

Y los empresarios, de todo tamaño, que han visto caer sus ventas y cultivos, tienen dificultades con los créditos y han postergado proyectos de inversión, ¿han “recuperado la normalidad”?

Y los policías, obligados a reprimir, sin ningún descanso y acuartelados, que saben han perdido el respeto de la población y hasta son recriminados por familiares y vecinos, ¿han “recuperado la normalidad”?

Y los miembros del ejército, bajo la tensión del acuartelamiento, y sabiendo que en su afán represivo Ortega ha organizado fuerzas armadas irregulares, como guardia personal, que amenazan su institucionalidad y profesionalidad, ¿han “recuperado la normalidad”?

La recuperación de cierto control territorial por parte de Ortega, en base a represión y terror, no significa que hayamos recuperado la normalidad.

Como nos hemos preguntado en otras ocasiones, ¿a qué apuesta Ortega? Sin duda, a salir de los reflectores de la atención internacional, continuar reprimiendo, chantajear a empresarios, perseguir a las ONG. Pero eso no significa que los nicaragüenses recuperemos la normalidad.

Por el repudio popular que desató la represión, la confrontación con la Iglesia Católica y la ruptura con los gremios empresariales, en Nicaragua no hay perspectivas de gobernabilidad, paz social, estabilidad y recuperación del crecimiento económico.

Las perspectivas con Ortega son de mayor conflictividad, y así jamás se recuperará la normalidad autoritaria en que vivíamos antes de abril, y a la cual, inútil y afortunadamente, Ortega pretende regresar.