El Pulso de la Semana. Edición No. 505, 13 de julio de 2019

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A 40 años, nuevo consenso

Ninguna sorpresa en las declaraciones que el Secretario Internacional del FSLN, diputado orteguista Jacinto Suárez, hizo esta semana: Ortega no cree en la democracia, dijo. “¿Cuál es el problema que todos los órganos del Estado respondan a Ortega? Es mejor, da estabilidad y coherencia al gobierno”. Lo mismo se creía mientras el modelo de crecimiento económico autoritario funcionaba, hasta que estalló la crisis de abril y todo se desmoronó. Ortega mismo se ha encargado de repetir en varias ocasiones que no cree en la democracia. En 2009, recién iniciado su gobierno, lo dijo en declaraciones con motivo de la Cumbre Hemisférica de Trinidad y Tobago: “El pluripartidismo no es más que una manera de desintegrar a la nación”.

En ocasión del 40 aniversario de la revolución sandinista, el próximo fin de semana, es bueno recordarlo. En el cuarto de siglo previo al derrocamiento de Somoza, Nicaragua había crecido a una de las tasas más altas de América Latina. Somoza cayó por crisis política y moral, no por razones socioeconómicas, como la crisis actual se explica por razones estrictamente políticas y morales: Ortega interrumpió la incipiente construcción democrática durante la cual, es bueno recordarlo, también crecíamos económicamente tanto y más como con Ortega, y sin sacrificar a la democracia.

En su suerte de memoria de la década sandinista de los 80, titulada Adiós Muchachos, Sergio Ramírez reflexionó así: “La revolución no trajo la justicia anhelada para los oprimidos, ni pudo crear riqueza y desarrollo, pero dejó como su mejor fruto la democracia, sellada en 1990 con el reconocimiento de la derrota electoral, y que como paradoja de la historia es su herencia más visible, aunque no su propuesta más entusiasta…”.

Ortega ha sido consistente en su crítica a la democracia. Lo mismo se discutía dentro del FSLN durante los años 90, en las controversias que condujeron a la creación del Movimiento Renovador Sandinista (MRS). Mientras, con las dificultades derivadas de la complejidad de la transición democrática, el grueso de diputados que dieron origen al MRS respaldaron las principales leyes de esa transición, Ortega en su famoso gobernar desde abajo intentaba recuperar el poder, y canceló la democracia cuando lo hizo.

Ahora existe la misma gran coalición nacional e internacional que se gestó contra Somoza, y la Alianza Cívica nos está representando en lo que se anticipa como el fin de la dictadura orteguista. Pero con diferencias sustanciales a 1979: no hay lucha armada hegemonizada por el FSLN, y ahora existe un gigantesco consenso en buscar el crecimiento económico sostenible, en base a la democracia representativa y la economía de mercado con justicia social.

(Se autoriza y agradece su reproducción y circulación)

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El Pulso de la Semana. Edición No. 504, 6 de julio de 2019

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¡Ni las consignas!

“¡Qué se rinda tu madre!”, el epopéyico grito de Leonel Rugama contra la guardia somocista, resonó coreado por las inmensas masas que se reunieron espontáneamente en las marchas del año pasado, y se volvería a escuchar si el régimen de terror que Ortega ha impuesto se levantara. Lo mismo ocurrió con otras consignas de clara estirpe sandinista, pero ahora voceadas contra la dictadura de Ortega, como también se entonó y se volvería a entonar “Nicaragua, Nicaragüita”, verdadero himno popular de identidad nicaragüense, también expropiada de “su” FSLN.

Decimos de “su” FSLN, porque la privatización orteguista y familiar del partido hace que se torne relevante la distinción que muchos expresos políticos han hecho entre orteguismo y sandinismo, así como en la prisión se confundieron abuelos y nietos del otrora FSLN, junto a liberales, MRS y otros ciudadanos, mujeres y hombres, de diferentes denominaciones, o sencillamente independientes.

Con motivo del 40 aniversario de la revolución sandinista, Ortega está ensayando tres acciones: primero, un esfuerzo inútil para recapturar “históricos” y su descendencia, como si no hubiese la odiosa discriminación de esos sectores y la masacre, heridos, prisión y exiliados. Segundo, celebrar las efemérides sandinistas de julio con formatos que revelan el amplio rechazo de la población al orteguismo, como la caravana vehicular de hoy, en un remedo del histórico “repliegue” a pie a Masaya. Y tercero, la carnetización de funcionarios públicos, familia y vecinos, como si la indiscriminada distribución de carné convirtiera al orteguismo en la mayoría que nunca fue. Y, ¡ay, de aquellos a quienes se distribuyó carnés que no vayan a la concentración del 19 de julio!

La evolución de la crisis política nos ha conducido a una situación que tiene algunas dimensiones básicas: primero, Ortega puede hacer demostraciones públicas de fuerza, incluida la militarización de las calles y concentraciones, como en el pasado realizó ejercicios electorales en que solamente participó “su” FSLN y partidos políticos subordinados al orteguismo; segundo, la oposición, emblematizada por la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia (AC) y la Unidad Nacional Azul y Blanca (UNAB), y otras organizaciones, no tienen ninguna posibilidad de manifestarse y demostrar son mayoría; tercero, la opción de los nicaragüenses, fuertemente respaldada por la comunidad internacional y sus sanciones, es la vía pacífica que se traduce en las negociaciones.

Ortega, definitivamente, no quiere las negociaciones con la Alianza Cívica, porque preferiría otro esquema y no ése que respalda la comunidad internacional y nos mantiene unidos a los nicaragüenses. De modo que si queremos la liberación del remanente de presos políticos, que no haya más presos, se restituyan los derechos democráticos, podamos manifestarnos, y tengamos elecciones adelantadas en condiciones democráticas, la AC debe presionar por la reanudación de las negociaciones.

El Pulso de la Semana. Edición No. 503, 29 de junio de 2019

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DICTADURA EMPEZÓ HACE TIEMPO


La reciente Asamblea de la OEA en Medellín, de tanta atención para los nicaragüenses por la crisis, y también hay qué decirlo, por las desafortunadas declaraciones de Almagro, no ha sido la única en esa ciudad colombiana. Hace 11 años exactamente se realizó ahí otra. Asistí a la misma para entrevistarme con el entonces Secretario General, José Miguel Insulza, porque Ortega había despojado recientemente de su personería jurídica a la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN), de Eduardo Montealegre, y al Movimiento Renovador Sandinista (MRS). Meses antes, había empezado la construcción de la dictadura, y así se lo dije a Insulza, y si entonces en el lenguaje diplomático se hablaba de autoritarismo, en algún punto derivó a la sangrienta dictadura que tenemos, y no empezó solamente con la matanza iniciada en abril de 2018.

Ya entonces, en junio de 2008 en Medellín, habían iniciado su acción las fuerzas de choque orteguista, que derivarían en los paramilitares, con actividades represivas durante la campaña electoral municipal de 2008, que terminarían en el fraude de las mismas en Managua, Masaya, León y 50 municipios. Siguió la violencia e irregularidades de las elecciones presidenciales y legislativas de 2011, cuando  le “taparon” el radar al Jefe de Observadores de la OEA, y la misión de la Unión Europea dijo en su informe que los resultados de esas elecciones eran imposible verificar. La matanza del Carrizo, en Madriz, el asesinato de los hijos de la campesina Elea Valle y otros en las montañas, pasando por la violencia de OcupaINSS y contra diversas ONG, solamente anticiparon la matanza de abril, mayo y junio del año pasado, y el clima de terror que la dictadura ha establecido, incluyendo la exclusión total de la oposición en las elecciones de 2016.

Esa apretada síntesis revela sistematicidad progresiva, y no hechos puntuales, de avasallamiento del Estado de Derecho y los derechos humanos. La complacencia nacional e internacional con los regímenes de Nicaragua y Venezuela, solamente postergaron sus tragedias humanas e institucionales. Las características diferenciales entre ambos casos no omiten el denominador común dictatorial, que es lo que importa en términos democráticos y de derechos humanos.

Nosotros debemos insistir en la vía cívica para resolver la crisis, pese a las declaraciones de Almagro que debilitan las negociaciones porque alientan a Ortega y erosionan la credibilidad de la AC, porque esa lucha pacífica mantiene el aislamiento nacional e internacional de la dictadura, cuyos horrores no empezaron recientemente.

 

 

El Puso de la Semana. Edición No. 502, 22 de junio de 2019

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Muñequito

SANCIONES, UNIDAD Y DIÁLOGO

En un artículo reciente señalamos que las sanciones internacionales contra el régimen de Ortega, eran parte de la vía pacífica que acompaña a la lucha, también pacífica, del pueblo nicaragüense contra la dictadura. Y hay un vínculo entre esas sanciones, que, repetimos, son la reacción de la comunidad internacional frente a un régimen que ha violado sus compromisos en derechos humanos y democracia, y la unidad del pueblo nicaragüense, por una parte, y el mantenimiento del diálogo y negociaciones, por la otra.

En la comunidad internacional no existe la pretensión, por lo demás imposible en democracia, de unidad como unanimidad. La unidad del pueblo nicaragüense no significa que todos estemos, en todo y todo el tiempo, de acuerdo. Esa falsa unidad solamente existe en el totalitarismo, como el de Ortega y su régimen, en que todo depende de su voluntad. La unidad democrática significa acuerdo sobre los objetivos básicos, justicia y democracia en nuestro caso, y en los medios, lucha pacífica, para alcanzarlos. Esa es la opción en cuánto a objetivos y método que respalda la comunidad internacional, y no otra. En todas las declaraciones de la comunidad internacional, ya sean de la OEA o la Unión Europea, y otras, ése es el tono de las mismas.

Con la excarcelación de la mayoría de los presos, que para el gobierno son la totalidad y para quienes nos oponemos aún faltan, es apenas natural que entre quienes combatimos a la dictadura de Ortega se discuta si volver o no a las negociaciones que son, por cierto, expresión de la lucha pacífica. Ortega, y así tenemos que decirlo, preferiría el silencio de los cementerios, y de ser por él, jamás se hubiese sentado a negociar, así como se acostumbró a gobernar con creciente exclusión, hasta la eliminación total de la oposición en las elecciones de 2016. Esa exclusión total, recordémoslo, fue el origen inmediato de la Nica Act.

Y desde luego que las sanciones, entre las diversas modalidades de influencia internacional, no están agotadas. Pero la comunidad internacional las usará en función del proceso de negociaciones, que es el vínculo más fuerte entre la lucha pacífica nacional e internacional. No las negociaciones a cualquier costo, sino con las condiciones apropiadas, y siempre en función de los objetivos de justicia y democracia, que nos compromete.