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Represión retrasa, pero fortalece[1]

Edmundo Jarquín

En varias ocasiones he escrito, citando a John Steimbeck en “Las uvas de la ira”, libro que incendió mi rebeldía juvenil, “que la represión puede retrasar el día de la caída de los tiranos, pero fortalece la inevitabilidad de ese día”.

Lo anterior, que escribí contra la dictadura de los Somoza, lo he repetido varias veces contra la dictadura de Ortega.

Con motivo de la represión actual contra la población que protesta por las reformas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS), en las redes sociales ha circulado extensamente una entrevista que di hace dos años a Jorge Ramos, de Univisión, en la cual al final me pregunta, pues yo había calificado de dictadura al gobierno de Ortega, “¿es realmente una dictadura?”. Y casi a renglón seguido me preguntó, seguramente imaginando a las viejas dictadura, que si temía me pasara algo al regresar: No, le contesté, pero cuando estemos en la calle protestando, nos reprimirán.

Es lo que está ocurriendo ahora.

Ortega tuvo más de once años, desde los cuales ha gobernado, para introducir reformas al INSS, que hubiesen sido graduales y aceptables. Las drásticas reformas actuales llegan tarde y mal, porque son más groseras. Y después de haber recibido un INSS con superávit, pese a las tropelías de su socio Arnoldo Alemán.

Siempre se tiende a pensar en tiempo presente. La historia, es para especialistas, se dice. Pero la inmensa mayoría de los protestantes actuales en la calle son jóvenes, que no tienen memoria de la guerra civil de los años 80, menos de la revolución, y aún menos de la dictadura somocista.

¿Por qué entonces se rebelan? 

Pienso que independientemente de las causas nobles que siempre ha animado a la juventud, y del contagio social de una juventud sin futuro -jóvenes profesionales desempleados o subempleados, o emigrados-, está el hecho de la ofensa social que significa  ver a sus padres y sus abuelos agredidos por las reformas al INSS. Y eso sobre el famoso discurso de los “históricos” del FSLN, desplazados por las pretensiones dinásticas de la familia Ortega.

Este año se cumplen 50 años de los movimientos juveniles más memorables de la segunda mitad del siglo XX. Ya es de la historia el Mayo de París de 1968. También, el festival de Woodstock, de Nueva York, que tanto anticipó la cultura actual en todas sus dimensiones. México tuvo su Tlatelolco trágico.

Para entonces yo era Presidente del Centro Estudiantil de la UCA (CEUUCA). Y se, como tuve la certeza entonces, que toda tiranía acaba, como lo están demostrando los jóvenes de ahora.

[1] Artículo publicado en LP, 21 de abril de 2018

 

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