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Cambio pacífico y honorable

Como señalo en el prólogo de la segunda edición de “Pedro Joaquín ¡juega!”, ahora en 2018, lamentablemente, no suscribimos el optimismo con el cual presentamos la primera edición, en enero de 1998. Era justo un año después que había terminado el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro, y entonces, en la Introducción escribimos:

“Si las generaciones actuales no toman apropiadas lecciones de esa recurrencia bárbara, y cortan con ella de un tajo asegurando que la construcción democrática que vive Nicaragua no se revierta, entraremos al siglo XXI prisioneros de los fantasmas y horrores de nuestro nada envidiable pasado”.

Con “recurrencia bárbara” me refería, en la misma Introducción, a que “los nicaragüenses, que hemos sido una de las sociedades latinoamericanas más profunda y radicalmente desgarradas por nuestras pasiones y odios políticos, y por nuestras rivalidades personales, familiares y regionales, que nos han conducido a los mayores excesos de guerras civiles e intervenciones foráneas   -siempre, invitadas por, o al menos con la complicidad de nosotros mismos-,  hemos tendido a ver nuestra historia con el prisma de nuestra radical intolerancia…”.

Dolorosamente, hemos entrado al siglo XXI prisioneros de los fantasmas y horrores de nuestro nada envidiable pasado. La deriva autoritaria que desde hace una década enfrentamos, interrumpió esa construcción democrática que ilusionaba, y a la que tanto contribuyeron dos grandes ausencias de esta noche: Violeta, cuya situación de salud no permite que nos acompañe, y Antonio Lacayo, de inesperado y trágico fallecimiento.

Pedro Joaquín, que nunca dejó de combatir a la dictadura de Somoza, quería sin embargo un cambio pacífico de la misma. En uno de sus editoriales, de 1966, reproducido en La Prensa la semana pasada, señalaba: “Que haya un cambio. Un cambio pacífico y honorable, pero verdadero y profundo”.

Ante la situación actual, todos compartimos ese deseo: que haya un cambio pacífico y honorable, pero verdadero y profundo.

La intransigencia de Somoza, y la Guardia Nacional que se había convertido en ejército pretoriano, impidieron que se cumpliera el deseo de Pedro Joaquín. Doce años después, Somoza fue derrocado por una revolución que derivó en guerra civil, y Nicaragua emergió de la misma desangrada y destruida.

Al momento del derrocamiento de Somoza, nuestro ingreso por habitante era un poco superior a la mitad de Costa Rica. Ahora apenas llega a la quinta parte. Lo mismo había ocurrido al final del régimen autoritario de Zelaya. A inicios del siglo XX, Nicaragua era una de las economías más prósperas de Centroamérica, y también retrocedimos significativamente, en la vorágine de intervenciones extranjeras y guerras civiles.

De esas dos experiencias de crecimiento económico con regímenes autoritarios, y su final catastrófico, podemos extraer tres lecciones: primera, los dos regímenes intentaron prolongarse, indefinidamente, de manera personal y antidemocrática; segunda, ambos terminaron con diferentes variantes de intervención extranjera; y tercera lección, largos períodos de crecimiento autoritario siempre concluyen, por la sabiduría evangélica que no solo de pan viven las personas.

Hace tres meses publiqué una muy breve recopilación de tres artículos, que había comentado en Radio Corporación y publicado en La Prensa”, bajo el título “Nicaragua, ¿es inevitable otra transición catastrófica?”

En esos artículos abogo, como todos los nicaragüenses lo hacemos, sandinistas, no sandinistas y sin filiación política, por evitar que después de casi un cuarto de siglo de crecimiento económico, al cual abrió puertas la reconciliación nacional del gobierno de Violeta Chamorro, evitemos otra transición catastrófica del actual régimen autoritario.

Fervientemente, creo que podemos evitar otra transición catastrófica. La configuración de la coyuntura internacional inmediata, con el fin de la ayuda venezolana, la aplicación de sanciones, volatilidad del sector externo, y la sensibilidad de nuestro crecimiento ante esa coyuntura, y además la diversificación de voces nacionales y regionales con mucha incidencia, me hacen pensar que es posible evitar otro desenlace catastrófico.

A caballo entre la coyuntura internacional y nacional, se ha iniciado el diálogo del gobierno con la Secretaría General de la OEA, que despierta suspicacias, pero también razonable optimismo. Ojalá ese diálogo conduzca a reformas políticas serias, que recuperen para Nicaragua el camino desandado en la última década, y “el cambio pacífico y honorable” que Pedro Joaquín soñó hace medio siglo, pueda ahora ser realidad.

 

 

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