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¿Adónde fue la cooperación venezolana?

Según las cifras oficiales, tanto del gobierno a través del Banco Central, y el Fondo Monetario Internacional (FMI), así como la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo Económico y Social (FUNIDES), cuya solvencia profesional  nadie discute, la economía nicaragüense ha logrado absorber, sin mayor trauma macroeconómico, la interrupción casi abrupta de la cooperación venezolana, e incluso el cierre de ese país como el segundo mercado de las exportaciones de Nicaragua, que en algún momento llegó a ser. Este año, la economía crecerá como lo había venido haciendo en los últimos años.

En una primera lectura, lo que aparece es la capacidad que ha tenido la economía y la gestión económica del gobierno de Ortega para aguantar semejante choque sin mayores traumas inmediatos.

Lo anterior, en una primera lectura.

Porque en una segunda lectura lo que resulta evidente es que el gobierno de Ortega ha desaprovechado casi TOTALMENTE, y lo escribimos con mayúsculas, una década de flujos de cooperación venezolana que han superado a la totalidad del financiamiento que el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), para apuntalar el crecimiento del país. De lo contrario, si esos flujos de cooperación hubiesen apoyado el crecimiento económico del país, su interrupción tan abrupta hubiese afectado negativamente el crecimiento del país, lo que no ha ocurrido.

Entonces, la gran pregunta es: ¿Adónde han ido semejantes flujos de cooperación, si su interrupción no ha cambiado hasta ahora el funcionamiento de la economía?

Una primera respuesta es a inversiones, pero no se refleja así en las muy modestas cifras de crecimiento de la inversión fija que revelan las estadísticas del Banco Central. Que se conozca, excepto en energía y de una cifra que no explica en absoluto los enormes montos de la cooperación venezolana, no han sido las inversiones el destino. Y, además, las inversiones en energía aparecen bajo una figura que no ayuda a entender si son o no privadas (y si son privadas, ¿de quién?, y si no son privadas ¿por qué no se hacen públicos sus estados finacieros?), y en todo caso ayudan a entender, abonando a la idea que son privadas, el costo tan alto que los nicaragüenses pagamos de la tarifa eléctrica.

Una segunda respuesta es que llegaron a programas sociales asistenciales. Es decir, no se ocuparon productivamente, para generar empleos, y capacitar a la población para tener más y mejores empleos, sino para humillar a los pobres obligados a extender la mano para recibir como favor, lo que les corresponde como derecho.

Y una tercera respuesta es a la apropiación privada, de personas del círculo gobernante, de buena parte de esa multimillonaria cooperación venezolana (¡al cierre del año 2016, casi 5,000 millones de dólares!). Como la empresa Alba de Nicaragua, Sociedad Anónima (Albanisa), es en un 51% propiedad de Petróleos de Venezuela, Sociedad Anónima (PDVSA), en algún momento las actuales investigaciones de corrupción en PDVSA por el gobierno de Maduro en Venezuela y otras instancias internacionales, como está ocurriendo con la Banca Privada de Andorra (BPA), llegarán a Albanisa.

No está en discusión que el gobierno de Ortega ha tenido una buena gestión macroeconómica, y que su equipo de profesionales a cargo del Banco Central y del Ministerio de Finanzas tienen reconocimiento profesional, pero eso no responde a la siguiente pregunta: ¿qué hicieron con tanta cooperación venezolana, para apuntalar el crecimiento futuro de la economía? Y habiendo heredado un gobierno con deuda externa mínima, sin déficit fiscal y con una década dorada en precios de exportación, ¿por qué la economía no pudo crecer más de lo que ya crecía? Y lo hacíamos en democracia. Vaya entonces el recordatorio al gobierno, organismos internacionales, empresarios y consumidores, porque no todo es del color que algunos lo pintan.

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