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Lecciones recíprocas de Nicaragua y Venezuela

Son muchas las lecciones que nicaragüenses y venezolanos podemos extraer de las experiencias de cada país. Y me refiero al aprendizaje tanto de sus gobiernos autoritarios, como de la oposición y los ciudadanos.

Pero algunas de las principales lecciones van más en la dirección de lo que el gobierno de Maduro ha aprendido de Ortega, que al revés.

Mientras en Venezuela había recursos suficientes para distribuir, por los altos precios del petróleo que duraron más de una década, el régimen de Chávez, primero, y de Maduro después, celebraba elecciones (¡casi veinte!) en que los votos se contaban bien. Eso duró 16 años, hasta qué al calor de la crisis económica derivada del colapso de los precios petroleros, lo que se tradujo en hiperinflación y escasez de artículos básicos, el gobierno perdió apoyo y la oposición, unida, ganó abrumadoramente las elecciones legislativas de diciembre de 2015.

Hasta ahí llegó la democracia electoral. Desde entonces, Maduro buscó un ejemplo a seguir, y lo encontró en Ortega por partida triple.

Primero, violando la constitución y en base al control que tiene del Consejo Electoral Nacional y de la Corte Suprema de Justicia, como aquí, desconoció los resultados de la elección legislativa que había perdido, despojando a la Asamblea Nacional de todas sus facultades.

Segundo, no volvió a realizar elecciones democráticas y ha manipulado el calendario electoral a su antojo. Como en Nicaragua.

Y tercero, reprimió con gran violencia las protestas ciudadanas. Como también ha ocurrido aquí.

Las recientes y lamentables contradicciones en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), dónde se había aglutinado la oposición en Venezuela, también tiene olor a la experiencia nicaragüense. Los partidos políticos, en ausencia de elecciones democráticas creíbles, se enfrentan a una disyuntiva: participar, ya sea para medrar del poder, o en legítima búsqueda de espacios políticos para intentar revertir la correlación política; o abstenerse, cuando no son excluidos

como en el caso del Frente Amplio por la Democracia (FAD) en Nicaragua. Y esa disyuntiva divide, dispersa y fragmenta a la oposición. Sin elecciones democráticas, a los partidos políticos les ocurre lo mismo que a los peces cuando se quedan sin agua.

Pero no todo son semejanzas entre los casos dictatoriales de Nicaragua y Venezuela. Hay también diferencias sustanciales de las cuales aprender.

En la pérdida de apoyo del chavismo en Venezuela ha incidido no solamente la caída de los precios petroleros, sino también una desastrosa política económica. Ortega, en base a experiencia propia y ajena, no ha incurrido en mayores desatinos en cuanto a la política macroeconómica, y esto no solamente se traduce en control de la inflación y mantenimiento del crecimiento económico, sino también en sus bases de sustentación política.

Pero hay otra diferencia. Maduro ha aguantado un doble choque externo: la caída de precios del petróleo y crecientes sanciones internacionales. En ese aguante concurren tanto la magnitud y autonomía financiera que le da la potencia petrolera, como la geopolítica del petróleo. Esta geopolítica petrolera ha impedido que la OEA adopte sanciones, o el caso se vea en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero también ha atraído una gigantesca presencia financiera de China y Rusia, que tienen grandes concesiones en las reservas petroleras de Venezuela.

En Nicaragua, que no tiene la autonomía económica de Venezuela ni mucho menos, no hay presencia financiera de China, y la de Rusia es solamente militar y de inteligencia, para alarma de los países vecinos y alerta de los Estados Unidos, por razones propias y las preocupaciones que le trasmiten los vecinos de Nicaragua.

Si Ortega no aprende de esa diferencia entre Nicaragua y Venezuela, las lecciones de la experiencia solamente habrán sido para Maduro.

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