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¿Demostración de fuerza o respaldo?

La poderosa demostración de fuerza que dio el gobierno de Ortega con motivo de la celebración del 38 aniversario de la revolución sandinista, reuniendo a miles y miles de personas en la Plaza la Fe el recién pasado 19 de julio, en un acto cada vez más coreográfico, no necesariamente significa una manifestación de respaldo.

Pero, sin duda, la afirmación anterior no debe conducirnos a dos equívocos. El primero, ignorar la fuerza del FSLN. De hecho, la revolución sandinista, con sus aciertos y errores, dio origen a un nuevo sujeto social y político, el sandinismo, cuyos intereses no pueden ser ignorados por ningún gobierno. Así como la revolución liberal de finales del siglo XIX dio origen al sujeto social y político dominante del siglo XX, el liberalismo, en las próximas décadas las políticas públicas deberán considerar los intereses del sandinismo si quieren tener cobertura y eficiencia en la solución de los problemas nacionales.

El segundo equívoco es derivar, de la fuerza del FSLN, la conclusión de que “Ortega de todas formas ganaría las elecciones”, como sectores interesados en conservar la estabilidad autoritaria de Ortega lo afirman. Si esa conclusión fuese realista, ¿por qué Ortega no realiza elecciones libres, si de todas formas las ganaría? ¿Por qué arriesga las sanciones de la Nica Act y otras, si de todas formas ganaría en elecciones democráticas? Este no es un argumento nuevo, pero resulta pertinente recordarlo por la reciente manifestación de fuerza orteguista.

En democracia, que no es nuestro caso, el respaldo se mide con votos, y desde que Ortega regresó al gobierno hace más de una década, en Nicaragua no hemos vuelto a tener elecciones democráticas.

Lo anterior conduce a plantearse la situación de la oposición. Está débil y fraccionada, como todo mundo sabe. Pero ésa es una consecuencia muy directa del cierre de los espacios democráticos, en particular los electorales.

En efecto, y pese al fraude en las elecciones municipales de 2008, las últimas elecciones con grados razonables de credibilidad fueron las presidenciales de 2011. Abonaban a esa credibilidad las Misiones de Observación Electoral de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de la Unión Europea (UE), y la observación nacional. Pese a las restricciones financieras y de todo tipo, incluyendo las prohibiciones de la Policía Nacional para autorizar las concentraciones de la oposición aglutinada en la Alianza PLI, cuando el candidato presidencial opositor Fabio Gadea Mantilla dijo “¡Sébaco va!”, ante la insistencia de las autoridades de negar esa plaza para el inicio de la campaña electoral, en menos de una semana se pudo realizar una concentración que desbordó una plaza más grande que La Fe, según mediciones que entonces se realizaron en base a los mapas de Google.

Esos miles y miles que se reunieron a finales de agosto de 2011 en Sébaco, lo hicieron de manera fundamentalmente espontánea. Es lo que ocurriría ahora, si tuviésemos elecciones creíblemente democráticas. Entonces ya existían los partidos comparsas de Ortega, pero la gente no se equivocó, y se aglutinó en la única oposición creíble.

La ausencia de espacios electorales impide a los partidos políticos generar liderazgos y propuestas de programas para la solución de los problemas nacionales.  Y esto ocurre tanto a la oposición como al propio FSLN, en el cual ya no hay discusiones programáticas ni renovación de los liderazgos.

Hay una relación directa entre el cierre de los espacios para la oposición y el cierre de los espacios dentro del FSLN. Entonces, con la recuperación de los espacios democráticos ganaremos todos, sandinistas y no sandinistas.

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