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La democracia es indivisible

Quienes estamos preocupados por la deriva crecientemente antidemocrática del gobierno de Ortega no podemos permanecer indiferentes frente al destino democrático de Ecuador, que en buena parte estará en juego en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del próximo 2 de abril.

Que la libertad es una e indivisible, siendo falso distinguir entre libertades políticas y económicas, es y continuará siendo tema de debate, pero en el debate democrático caben diferentes modalidades de articulación entre unas y otras libertades, como lo demuestran las experiencias de Europa, Estados Unidos y Japón que, al respecto, presentan notable diferencia pero todas dentro de una matriz inequívocamente democrática.

Con el fin de la guerra fría y el hundimiento de la experiencia comunista, en 1992 Michel Albert publicó un libro, “Capitalismo contra capitalismo”, de amplia difusión e ilustración sobre el debate entre diversas modalidades de capitalismo democrático.

Hablamos de capitalismo democrático porque con el éxito de China, aunque hay también experiencias exitosas que no son de partido único, como Singapur, ha adquirido cierta ciudadanía internacional el capitalismo autoritario. En cierta forma la polarización de la guerra fría entre capitalismo y comunismo ha sido sustituida por el conflicto entre capitalismo democrático y el “encanto” del capitalismo autoritario, como describen su atracción Acemoglu y Robinson en su también famoso libro “Por qué fracasan los países”, publicado exactamente dos décadas después del libro de Albert.

Diferentes han sido las experiencias del “Socialismo del siglo XXI”, término acuñado por Chávez para su desastroso –política, económica y socialmente hablando-  experimento venezolano, y del cual forman parte tanto Ecuador como Nicaragua. Son, desde luego, casos diferentes en cuanto a hostilidad con el mercado y manejo macroeconómico, con el denominador común autoritario y de intervenciones discrecionales en la economía. Al respecto, recordemos que inmediatamente después de la intervención del presidente Rafael Correa en la Cumbre de Las Américas de Trinidad y Tobago, en 2009, dónde señaló que elecciones no significaban democracia, Ortega en la TV de Cuba hizo una apología del sistema de partido único.

En la primera vuelta de las elecciones ecuatorianas, en febrero, la consumación del fraude fue impedida por la presencia del pueblo en las calles y la actitud del Jefe del Ejército advirtiendo del riesgo del mismo. La posterior destitución del militar, y otras decisiones, han encendido las alarmas del riesgo de un fraude en las elecciones del 2 de abril, en las cuales se enfrentarán los candidatos presidenciales Lenín Moreno, del partido de Correa, y Guillermo Lasso, por la oposición.

Oponerse al riesgo de fraude en Ecuador, y demandar que se respete el eventual triunfo de Lasso, no es cuestión de simpatías personales, políticas o ideológicas, sino de simpatías por la democracia.

En nuestro continente, el autoritarismo contagia, como se vio en la guerra fría, con el patrocinio de los Estados Unidos; y la democracia también contagia, como se vio en la ola democratizadora que precisamente empezó en Ecuador en 1978, en parte alentada por el Presidente Carter. Los recientes brotes autoritarios en el continente, aunque con importantes diferencias, han sido parte de ese contagio político-ideológico, y en el caso de Nicaragua por la interferencia extranjera de Venezuela sin cuya masiva ayuda económica es difícil explicar la consolidación autoritaria de Ortega.

El contagio no es solamente en una dirección. En su desesperación, el presidente Maduro de Venezuela trata de replicar el caso de Ortega. En un foro virtual que ha abierto la publicación Nueva Sociedad, de inequívoco sello socialdemócrata o de izquierda democrática, en cuyas filas militamos, se ha publicado esta semana un artículo titulado “Nicaragua como modelo”, a propósito de la orden del gobierno de Maduro en Venezuela de renovar todas las personerías jurídicas de los partidos políticos, con grandes obstáculos, de tal forma que como señala el artículo “lo que se propone es replicar la experiencia de Nicaragua, en la que el partido de gobierno iría solo a las elecciones o, a lo sumo, enfrentado a un par de partidos comparsa”.

El futuro democrático de América Latina, entonces, en parte se juega en Ecuador. Querer elecciones sin fraude en Ecuador, es querer lo mismo en todos nuestros países.

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