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Muñequito

Entre la propaganda, el secretismo y los riesgos

El gobierno de Ortega podría estar pagando, una vez más, el costo de uno de los rasgos característicos de regímenes autoritarios: la poco amigable combinación entre propaganda y secretismo.

El 22 de octubre del año pasado, pocos días antes de las “elecciones”, y como parte de la propaganda de campaña, en el oficialista El 19 Digital, se publicó un amplio reportaje titulado “Nicaragua y Rusia inauguran planta latinoamericana de biotecnología Mechnikov” (así llamada en nombre de un Premio Nobel ruso de medicina).

De acuerdo con la publicación gubernamental, la planta sería “la mejor en su campo de producción e investigación inmunobiológica y epidemiológica de toda Latinoamérica y el Caribe”. Y como si esto fuese poco, el reportaje agregaba: “En un primer momento, en esta planta se producirán 15 millones de vacunas para la influenza, y en 2017, tras su ampliación, se fabricarán productos inmunobiológicos, vacunas contra el cáncer, la fiebre amarilla, el zika y otras epidemias mundiales”.

De conformidad con lo anterior, los nicaragüenses, latinoamericanos y la población mundial (porque, hasta dónde se sabe, no se ha inventado vacuna contra el cáncer) no volveríamos a tener cáncer, y mucho menos zika, chikungunya, fiebre amarilla y, aún menos, catarro. Nos podríamos olvidar del mentholatum.

La inauguración de la planta Mechnikov se dio con participación de la Ministra de Salud de Rusia, el Director del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS), y una representante de alto nivel de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Y aunque el texto del reportaje no lo destaca, sí lo hace una amplia galería de fotografías del hijo de la pareja presidencial también encargado de otras fantasías gubernamentales, entre ellas el canal interoceánico, quien para todos los efectos presidió la inauguración. Desde luego, en el reportaje no apareció la Ministra de Salud de Nicaragua, supuestamente encargada del tema.

Con arreglo a la propaganda, esa fábrica, con participación rusa, nos colocaría en primera línea de la producción farmacéutica a nivel latinoamericano, por encima de Argentina, Brasil, Cuba y México. Ahora resulta, en base a información periodística de La Prensa y sobre la base de documentación a la cual tuvo acceso no obstante el velo de secretismo gubernamental, que pese a haberse realizado costosos acondicionamientos constructivos no se tiene ni la maquinaria ni el financiamiento para adquirirla. A lo menos, en lo inmediato, cero vacunas.

Además, para cualquier ingeniero y arquitecto que vea las imágenes del edificio construido publicadas en el mencionado periódico oficial, entran razonables dudas que el costo de las mismas ascienda a 21 millones de dólares, como señala la publicación.

La fantasía de la Mechnikov tuvo algún grado de credibilidad, igual que otros tantos megaproyectos de Ortega, como las hidroeléctricas Tumarín, Boboqué y Brito, puertos de agua profunda de geografía cambiante en el Caribe, y riego en todo el Pacífico, entre otras ilusiones vendidas, incluyendo un proyecto de naranjas para vender a Arabia Saudita y algodón con producción biotecnológica de punta. Mientras todas esas fantasías eran apuntaladas por la cooperación petrolera venezolana que fluía a montones y las exportaciones de carne, lácteos y frijoles a Venezuela pagadas a precios preferenciales hacían la holgura de muchos nicaragüenses  -monopolizadas por Albalinisa, pero ¡qué importa, si nos pagan buenos precios!-  tanta fantasía era recibida entre credibilidad e indiferencia. Pero ahora, igual que todas esas fantasías, se ha desinflado la planta de vacunas Mechnikov, y el mismo día La Prensa publicaba la información que el gasto del gobierno en medicinas es apenas la quinta parte del que realizan otros gobiernos centroamericanos. Esa es la realidad, que emerge en medio de tanta fantasía.

Y lo peor, visto desde un ángulo diferente a los delirios geopolíticos de Ortega, es que si Rusia no ha sido hasta ahora capaz de financiar la planta Mechnikov, de pocos millones de dólares, menos que pueda financiar esos delirios, más allá de dejarnos sus riesgos y potenciales costos.

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