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Muñequito

 

No hay paso correcto en el camino equivocado

Cuando a mediados del año pasado Ortega tomó una serie de de drásticas decisiones (impedir participación de oposición en elecciones, cancelación de diputaciones, negativa a la observación electoral, etc), que culminaban el proceso de cierre de todo espacio democrático electoral, además de la expulsión de periodistas, académicos y funcionarios extranjeros, en este espacio nos preguntamos: “¿A qué apuesta Ortega?”

Y respondíamos que esas decisiones no eran errores, sino parte de su estrategia. Textualmente dijimos (La Prensa, 18 de junio de 2016): “Todas son decisiones que responden al cálculo de una estrategia que hasta ahora, lo que quizás explica su longevidad en el poder, le ha dado resultados: en su compulsión autoritaria, y además totalitaria, porque pretende controlarlo todo, siempre presiona para avanzar, y cuando las circunstancias le obligan a retroceder, nunca vuelve al punto de partida. Algo habrá avanzado. Siempre, siempre, dos pasos adelante y uno atrás. Pero nunca vuelva al mismo punto”.

El proceso de cierre de todo espacio electoral democrático se inició con el “fraude comprobado” (Centro Carter) en las elecciones municipales de 2008, pasando por las elecciones generales de 2011 cuyos “resultados es imposible de verificar” (Informe de Misión de Observación de la Unión Europea” en las que Ortega se adjudicó mayoría calificada para reformar la Constitución y establecer la reelección permanente y la posibilidad de tener a su esposa de Vicepresidenta, entre tantos y tantos otros abusos autoritarios.

Ese mal camino para Nicaragua en términos democráticos que Ortega tomó es expresión de su vocación autoritaria, facilitado por varios factores que lo habilitaron para la decisión al respecto.

Al escoger ese mal camino, Ortega no solamente estaba dando rienda suelta a su vocación dictatorial, sino también preparándose para un escenario futuro menos amigable que su reciente pasado. En ese nuevo escenario, para empezar, estaba la drástica caída de la cooperación venezolana, pero también otros factores, como el fracaso de sus numerosos megaproyectos y las resistencias sociales del más emblemático de ellos, el gran canal. Ortega, entonces, estaba “matando el gallo en puerta”, y armándose de concesiones para dar algunas, cuando llegaran los malos tiempos.

La Nica Act, fue uno de esos malos tiempos que Ortega entre provocó y anticipó.

En ese contexto debe ubicarse su llamado al Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), y el Acuerdo alcanzado y publicado hace una semana.

Pero en el mal camino, no hay pasos correctos. Así sean varios pasos hacia adelante y algunos hacia atrás, mientras no se vuelva al punto de partida y la opción sea tomar el camino correcto.

Resulta obvio que, en términos diplomáticos y de su condición de un organismo intergubernamental, el Secretario General de la OEA no tenía mucho margen de espacio, al menos en el corto plazo. Su decisión ha sido una suerte de “tomarle la palabra” a Ortega, a costa de fingir que cree en sus intenciones. De ahí no solamente que se haya ignorado y hasta se haya aceptado el tema del “transfuguismo” de los diputados con los cuales el orteguismo justificó la cancelación de las diputaciones opositoras, y más aún, se ignoró la exclusión de la oposición en unas elecciones que el pueblo repudió con su abstención, sino que incluso en el mencionado acuerdo se incurrió en la vergonzosa afirmación que “el Estado de Nicaragua continuará fortaleciendo la institucionalidad electoral…”.

Pero a mediano plazo, emerge el compromiso firmado por el gobierno de Ortega y el Secretario General en el Acuerdo del 15 de octubre de 2016 que puso en marcha la relación que comentamos, y que en su punto 9 dice: “Las partes se comprometen apoyar el fortalecimiento de las instituciones democráticas del país de acuerdo a los compromisos del Estado de Nicaragua con los instrumentos normativos del Sistema Interamericano y su ordenamiento jurídico interno”.

Obviamente el camino seguido por Ortega no satisface esos compromisos interamericanos. Y el Acuerdo de hace una semana difícilmente anulará la intención de los legisladores que impulsaron la Nica Act, que más depende de factores internos de Estados Unidos.

La brecha entre el corto y mediano plazo mencionado, solamente lo puede llenar la lucha del pueblo nicaragüense y hoy por hoy las elecciones municipales aparecen como otro paso en el camino equivocado.

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