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Muñequito

Reafirmación de la pretensión dinástica

Si la designación por Ortega de su esposa como Vicepresidenta era una indicación de su pretensión dinástica, el destino de funciones que ha tenido el General (r) Omar Helleslevens es una confirmación de esa pretensión.

Ante la increíble opacidad informativa del régimen de Ortega se había especulado que Halleslevens asumiría la Presidencia de la Asamblea Nacional. La especulación tenía sentido por varias razones. Entre otras, y en primer lugar, aparecía la importancia de su condición de cuadro histórico del FSLN, y ex Jefe del Ejército, cargo que en general ejerció dentro de la lógica institucional-profesional que el cuerpo armado se ha esmerado en desarrollar, hasta ahora. En segundo lugar, su temperamento dialogante, en sintonía con el temperamento del anterior y fallecido presidente del órgano parlamentario, René Núñez. Ambas características de Halleslevens transmitían, a los sectores más preocupados por la estabilidad, una señal de relativo alivio frente a la poca disimulada preocupación por las intemperancias de la esposa de Ortega. Así se comentaba en diferentes círculos.

La especulación, contra muchos pronósticos que la apuntalaban, no se cumplió. Se ha designado a un Presidente de la Asamblea Nacional cuyo temperamento  es justo lo contrario de Núñez y Halleslevens. Pero que además representa la postergación total de los cuadros históricos en la visibilidad del poder del FSLN. Algo semejante, en términos coreográficos, a lo que vimos en las pantallas de televisión de la trasmisión del acto en el cual Ortega se entregó la banda presidencial a sí mismo y, casi, a su esposa: todos los asistentes sentados en sillas blancas ordenadísimas como graduación escolar eran jóvenes, nada de ex cachorros, cuadros históricos, ex combatientes, madres de héroes y mártires. Nada. Nada. Una que otra toma, en el sistema orteguista de televisión, a un retrato de Carlos Fonseca Amador, fundador del FSLN, mientras casi toda la atención era en la familia con pretensiones dinásticas.

Pasados los días, el escarnio para el nuevo sujeto social que surgió de la revolución, el sandinismo, aumentó: según la información periodística, al General (r) Omar Halleslevens le asignaron las mismas funciones que tenía como Vicepresidente de la República, pero sin derecho legal a la sucesión presidencial. Así, se ha cerrado el círculo de la pretensión dinástica.

Esa pretensión, sin embargo, tiene los pies de barro. Es excluyente, y los excluidos no son pocos, y además tienen descendencia, y esa descendencia no es ajena a los agravios que se realizan a sus padres y abuelos. Y además, cuando la exclusión se fuerza en base a lealtades que proceden de la prebenda, el entretenimiento y la diversión, al margen del idealismo, la mística y el compromiso con causas justas y sociales, que son cada vez más amplias y no necesariamente partidarias, como el medioambiente y los derechos de minorías, ¡y qué decir de la pobreza!, la exclusión es más dura.

Casi a renglón seguido con lo anterior, Ortega y su vicepresidenta sostuvieron la primera reunión de gabinete. Y ahí Ortega confirmó su pretensión de gobernar por otros diez años justificándolo con planes de desarrollo de mediano y largo plazo, como si esto fuese excluyente con relevos presidenciales democráticos. Hace poco un dirigente empresarial destacó la política de estado que Costa Rica ha mantenido en el sector turístico por más de cuatro décadas, lo cual ha implicado 10 sucesiones presidenciales democráticas. O el caso de Panamá, en que la ampliación del canal se estudió y ejecutó a través de cuatro gobiernos.

Si al ex Vicepresidente Halleslevens le asignan las mismas funciones que ya tenía, pero sin el derecho al relevo presidencial, son muchos los que se preguntan cuáles serán las funciones de la nueva Vicepresidenta. La respuesta es obvia: lo que ya ha venido haciendo, consolidar su poder político personal manejando más férreamente la simbiosis partido-estado, a todos los niveles, incluyendo las alcaldías y consejos municipales que se consideran legalmente autónomos, y, desde luego, los poderes electoral, judicial y legislativo, que legalmente son independientes.

Los hechos de esta semana confirman la conclusión de mi artículo de la semana pasada: no haya tarea política más importante para asegurar la estabilidad de Nicaragua que impedir la privatización orteguista del sandinismo.

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