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Muñequito

Lectura “orteguista” de la historia

 Al iniciar su tercer período consecutivo de gobierno, Ortega pronunció un discurso que fue una muy coherente falsificación de la historia. Ya se ha empezado a demostrar esa falsificación.

Analicemos algunos de los principales mensajes de Ortega detrás de la falsificación. Muy al inicio del discurso se preguntó: “¿Por qué Nicaragua un País con tanta Riqueza, con tanto Potencial en cuanto a Recursos Naturales, con tanto Capital Humano, por qué Nicaragua llegó a hundirse, al grado que Nicaragua ha estado colocado entre los Países más empobrecidos de toda la Región Latino-americana y Caribeña? ¿Por qué?” Y él mismo se contestó: “Posiblemente la falta de estabilidad por esas guerras permanentes”. (Cita textual del discurso difundido por “El 19 Digital”).

Ortega tiene razón en su respuesta, pero ese mismo día, al intentar perpetuarse dinásticamente en el poder, estaba repitiendo las causas de nuestra inestabilidad histórica que han conducido a nuestro fracaso económico.

Como el discurso lo pronunció el día que conmemoramos el 39 aniversario del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro C, quiero citar rápidamente el perfil biográfico que sobre Pedro escribí con motivo del vigésimo aniversario de su inmolación (“Pedro Joaquín: ¡Juega!”): “Los nicaragüenses, que hemos sido una de las sociedades latinoamericanas más profunda y radicalmente desgarradas por nuestras pasiones y odios políticos, y por nuestras rivalidades personales, familiares y regionales, que nos han conducido a los mayores excesos de guerras civiles e intervenciones foráneas  -siempre, invitadas por, o al menos con la complicidad de nosotros mismos-,  hemos tendido a ver nuestra historia con el prisma de nuestra radical intolerancia: hay historia liberal, en la que los villanos son los conservadores; historia conservadora, es decir, escrita por los conservadores, en la que todos los males recaen sobre los liberales; historia antisandinista, en la que no cabe el menor asomo de bondad en la lucha del General Sandino y sus seguidores; finalmente, historia escrita desde la óptica del FSLN, en la que todo lo que no era FSLN, era malo o inexistente”. Ahora empezamos a tener historia orteguista.

Agregaba en el libro sobre Pedro Joaquín: “Los nicaragüenses debemos aprender que por culpa de todos Nicaragua ha perdido un siglo, sí, un siglo, en términos de su modernización política y por tanto de la posibilidad de convivir pacífica y democráticamente. Y aquí reside la explicación de nuestro atraso económico y de nuestros lacerantes problemas sociales”. Y de inmediato citaba al historiador Arturo Cruz Sequeira, ex embajador de Ortega en Washington: “la incapacidad de hacer la transición política a finales del siglo XIX, tal como ocurrió a finales de los años setenta de este siglo (XX), hizo que los logros económicos de los “treinta años”, como los del régimen de los Somoza, no fueran sostenibles”.

La lectura orteguista de nuestra historia justamente ignora la lección de Zelaya y Somoza, quienes por intentar perpetuarse en el poder,  importantes logros (como actualmente en que hemos crecido económicamente desde 1994), se echaron a perder.

El principal mensaje del discurso de Ortega fue un gigantesco chantaje: sin él, no hay estabilidad posible, y sin estabilidad es imposible crecer económicamente. Para eso se encargó de recordar de manera nada sutil las asonadas que estremecieron a los sucesivos gobiernos de Violeta Chamorro, Alemán y Bolaños. Ahí está el chantaje, precisamente, en recordar ese pasado para advertir de un eventual futuro sin él presidiendo el gobierno. Lo mismo decían Zelaya y Somoza.

Desde luego que sin sandinismo no habrá estabilidad política. Como se señala en el libro colectivo “El régimen de Ortega. ¿Una nueva dictadura familiar en el continente?” la revolución sandinista significó “una notable expansión de derechos económicos, sociales y políticos, de empoderamiento, diríamos ahora. En todo caso, dio origen a un nuevo sujeto social pluriclasista: el sandinismo”.

Zelaya privatizó al liberalismo, al extremo que solamente él, y ningún otro liberal, podía ser presidente; lo mismo hicieron los Somoza, y lo mismo está intentando Ortega con el sandinismo.

Como el intento de perpetuarse dinásticamente en el poder de Ortega está incubando inestabilidad futura, y como sin sandinismo no puede haber estabilidad, no haya tarea política más importante para asegurar la estabilidad política que impedir la privatización orteguista del sandinismo.

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