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Muñequito

Y hacia adelante, ¿qué?

Si algo ha quedado claro del proceso electoral que culmina mañana es que la única duda que subsiste es el porcentaje de votos que el Consejo Supremo Electoral (CSE) asignará a Ortega, y por residuo a los partidos satélites del orteguismo.

Todas las otras dudas están despejadas, y como lo han señalado tantos análisis, una parte de la población votará pero no elegirá. El elegido ya está designado. O autodesignado.

En el último mes, y con motivo de difusión del libro sobre “El Régimen de Ortega. ¿Una nueva dictadura familiar en el continente?” los autores del mismo hemos tenido oportunidad de interactuar con una gran cantidad de medios de comunicación y la más amplia diversidad de interlocutores, de diferentes países. Nadie, absolutamente nadie, incluso entre miembros del Foro de Sao Paulo, dónde se agrupó la izquierda latinoamericana después del fin de la guerra fría, tiene dudas sobre la naturaleza autoritaria y poco transparente, para decir lo menos, de la gestión de Ortega. Y ni qué decir de sus pretensiones dinásticas.

Curiosamente, subsistían, y hablo en pasado pues están cada vez más despejadas, tres dudas y una interrogante.

Primera duda: el éxito económico de Ortega. Cuando hemos explicado que ya Nicaragua venía creciendo sólidamente desde mediados de los noventa, y que pese a que Ortega ha tenido mejores condiciones que los gobiernos anteriores no ha aumentado de manera importante el ritmo de crecimiento, ni ha reducido sustancialmente la pobreza, y casi toda la reducción se explica por las remesas (exportación de pobres), y lo hacíamos en democracia, la pregunta ha sido: ¿Y por qué pagar el precio del autoritarismo, si no hay mayor beneficio económico?

Segunda duda: la mayor seguridad ciudadana con Ortega. Cuando hemos explicado que con arreglo a diversos índices ya teníamos, y en democracia,  niveles semejantes de seguridad ciudadana, la pregunta ha sido: ¿Por qué, entonces, pagar el precio del autoritarismo si no hay mayor seguridad ciudadana?

Tercera duda: la popularidad de Ortega. Esta creencia no resiste a la pregunta de que si es tan popular por qué en Nicaragua no se cuentan bien los votos, y menos se entiende que haya eliminado a la oposición de las votaciones de mañana. Además, y lo hemos afirmado citando fuentes académicas con alta reputación profesional, dos de cada tres nicaragüenses tiene temor de hablar sobre política, y menos aun contestando una encuesta que les puede dejar fuera de los beneficios de algunas políticas clientelares.

Señalé que además de las tres dudas anteriores, había una interrogante: ¿qué viene hacia adelante, con la pretensión dinástica de Ortega?

En primer lugar, el riesgo de que Nicaragua se mueva hacia el Triángulo del Norte de Centroamérica (El Salvador, Honduras y Guatemala), con fuerte presencia del crimen organizado. Ése es un riesgo real, en la medida que haya, por el ejemplo al más alto nivel de confusión total de intereses privados con los del Estado, un proceso de descomposición a diversos niveles del aparato judicial y de la policía.

En segundo lugar, que continúe el proceso de desinstitucionalización de las fuerzas armadas y de policía, con la dinámica dinástica de convertirlas en guardia pretoriana, como la Guardia Nacional de Somoza, que se inmoló con esa dinastía. Este sería, junto con el deterioro del Estado de Derecho y del sistema electoral, el tercer gran precio que pagaría Nicaragua con la reversión y perversión del proceso democrático que dirige Ortega.

Y finalmente, otro ciclo de confrontación violenta, tan recurrente en la historia de Nicaragua.

Cuando pasen las votaciones de mañana, evitar esas tres tendencias catastróficas estará en la agenda de todos los actores, nacionales e internacionales, que inciden en la misma.

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