Tags

, , , , , , ,

Muñequito

¿En qué espejo vernos?

Por diversas razones, el tema de la estabilidad y seguridad de Nicaragua, notablemente mayor en comparación con los países centroamericanos del llamado “Triángulo de Norte”, ha estado en la agenda del debate público.

Muy recientemente, con motivo del aniversario del Ejército, el tema fue destacado por su Jefe. Anteriormente, en uno de los programas televisivos de Carlos Fernando Chamorro, que precisamente está conmemorando su décimo quinto aniversario de existencia, él comentó que hace algunos meses la encargada de América Latina y el Caribe en el Departamento de Estado del gobierno norteamericano, le había comentado del dilema que enfrentaba en relación a Nicaragua la política exterior de su país: por un lado, se reconocía el talante autoritario y violador de los derechos humanos del gobierno de Ortega, y por otro se valoraban positivamente los niveles de estabilidad y seguridad de Nicaragua.

Dirigentes gremiales del sector privado han argumentado en la misma dirección, y el discurso de Ortega con motivo de la reciente inauguración de una nueva planta cementera fue oficialmente distribuido con el título “No más confrontación fratricida”, porque en el mismo Ortega había aludido a la alianza entre gobierno y empresas, señalando: “Son las pruebas, las pruebas que hemos vivido todos, las que nos llevaron al convencimiento que la única alternativa que tenía Nicaragua para salir adelante era uniendo esfuerzos y no confrontándonos……”.

Pues bien, las verdaderas pruebas de nuestra historia son que todas nuestras confrontaciones fratricidas han derivado de los intentos caudillescos de prolongarse indefinidamente en el poder, desde Zelaya, pasando por el Lomazo de Emiliano Chamorro que de alguna forma desencadenó la guerra constitucionalista, hasta la dictadura dinástica -como la que pretende Ortega- de los Somoza.

Es decir, la estabilidad autoritaria, independientemente de cuánto dura, inevitablemente termina, y termina mal, y como lo demuestran las pruebas de nuestra historia, todo el progreso alcanzado bajo la “estabilidad” de los caudillos autoritarios, se termina revirtiendo.

Independientemente de que ya teníamos, en democracia, y con sucesión de gobiernos a través de elecciones democráticas, la misma, e incluso mayor estabilidad y seguridad que la de ahora, e incluso, inmediatamente antes que Ortega volviera al gobierno, los mismos niveles de crecimiento económico sin los niveles de endeudamiento actuales, la gran pregunta es: ¿abonamos, con el apoyo o la complacencia, la actual estabilidad autoritaria, o incentivamos, con opiniones y presiones, un cambio que permita retomar el curso democrático de Nicaragua?

Los plantones de los miércoles demandando un mínimo de condiciones democráticas en las elecciones del próximo año, no han recibido ni una voz de aliento de quienes sí alientan a Ortega, quien está llevando a Nicaragua, tarde o temprano, a un precipicio.

Es más, esos plantones y la reacción del gobierno, incluyendo el incidente reciente en que un supuesto delincuente disparó y no fue detenido de inmediato, lo que ha dado pie a la hipótesis de que la policía pensó no era delincuente sino turbero, revela que Ortega no estará confrontado con las empresas, pero si con los ciudadanos.

Ya sabemos que para Ortega los partidos políticos, excepto el suyo, y las elecciones, son un estorbo. Una imposición del imperialismo y de la democracia burguesa, y si pudiera terminar con ellas, lo haría. En abril recién pasado, en una entrevista con la televisión cubana, dijo que el pluripartidismo desintegraba y dividía al pueblo.

Textualmente señaló: “…porque en las democracias que nos han impuesto a nosotros, desde el momento en que se propician partidos, se está propiciando la división de los pueblos, división que ha llevado incluso a guerras entre partidos. La historia de América Latina está plagada de guerras entre partidos, y todo esto, sencillamente, porque estas son las directrices del imperio”.

Más claro no canta un gallo.

Con todas sus imperfecciones, la democracia permite corregir el rumbo de los países. Los cambios de gobiernos pueden momentáneamente afectar la estabilidad, pero la aseguran de manera permamente. No así el autoritarismo, y menos cuando está personalizado en un caudillo, quien podrá garantizarla temporal pero no permanentemente.

Entonces, y para terminar con cualquier viso de ingenuidad, fingida o real, la pregunta que debemos contestarnos es la siguiente: ¿en qué espejo queremos vernos, el de la estabilidad democrática, en que empezábamos a vernos, o el de la estabilidad autoritaria, en el cual nos hemos visto, y hemos fracasado?

Advertisements