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Muñequito

Discrepar no es el problema

Tres hechos mediáticos de la semana que termina, todos ellos de nítida estirpe democrática, revelan que hay dos Nicaragua: la cerrada, del gobierno, y la abierta de la sociedad y algunas de sus organizaciones.

Aunque no he formado parte del debate sobre el Banco Central (BCN) y las cuentas nacionales, y pese a que en el mismo hubo adjetivos descalificativos que parecieran expresión de un contagio de la arrogancia gubernamental, me parece que el saldo del mismo es extremadamente positivo para la salud democrática de la sociedad. En primer lugar, porque la administración del BCN, ante la legítima denuncia de inconsistencias, retrasos y omisiones en la información económica, reaccionó declarando que todas esas carencias se debían a cambios metodológicos avalados por el Fondo Monetario Internacional (FMI), y se comprometió a subsanarlas.

La administración del BCN ha salido, por tanto, al rescate de una institucionalidad histórica que debe conservarse. El aval a la institución de numerosas organizaciones del sector privado -aunque algunos de sus titulares que se sientan en la Directiva del BCN, o no fueron informados oportunamente de los cambios metodológicos como corresponde en su carácter de directivos, o fallaron en informar a la sociedad de los mismos- es un buen incentivo desde la sociedad a la conservación de esa institucionalidad.

En segundo lugar, porque la denuncia, así sea errónea, y no digo que este haya sido el caso, en una sociedad democrática obliga a la reacción correctiva o aclaratoria. Ese ha sido el caso en cuanto a ese nicho de institucionalidad, por cierto asediado, que todavía es el BCN. Ojalá que otros espacios de institucionalidad deteriorada -estoy pensando en Policía y Ejército- puedan verse en ese espejo.

El segundo hecho fue la carta que Eduardo Montealegre, en su carácter de diputado y Presidente del PLI, envió a los diputados del FSLN, invitándolos a la reflexión y la acción frente al creciente autoritarismo del gobierno de Ortega. No es esperable lo segundo, la acción, pero sin duda en el secreto de la conciencia de esos diputados cabrá la reflexión, y de alguna forma, aunque una de las partes calle, una suerte de diálogo o debate ha sido establecido.

Pero el hecho tiene, independientemente de sus consecuencias inmediatas, que lo más seguro es ninguna, una connotación democrática. Desde el PLI se dan movimientos que trascienden la polarización excluyente de la revolución y la guerra civil, que se arrastró años después, y que a Ortega le conviene mantenerla con la oposición política. De conformidad con esa polarización, no se contaba con el FSLN y todo lo que oliera a sandinismo, para la democracia. La carta puede leerse en sentido contrario, y esto ayuda porque la democracia la rescatamos y construimos entre todos, a pesar de las discrepancias, o el autoritarismo orteguista tendrá mano libre.

El tercer hecho fue el debate televisivo sobre la economía nacional entre un prominente dirigente gremial del sector privado, y el diputado Enrique Sáenz, del MRS. Como es natural, entre demócratas, hubo agudas discrepancias que a mí me lucieron, en general, políticas y técnicas, no ideológicas.

La consecuencia principal de ese debate es que el mismo subraya la sordera y mudez autoritaria del gobierno, porque ningún funcionario gubernamental ha aceptado nunca participar en debates técnicos sobre la economía, y aunque el dirigente empresarial del caso en algunas ocasiones esgrimió argumentos que unilateralmente se han escuchado de funcionarios del gobierno, no es lo mismo pues no representa formalmente al gobierno.

Es de los autoritarios la declaración unilateral, es de los demócratas el debate, la discrepancia, las diferencias, el diálogo. La democracia no es unanimidad. Alguna vez escuché, y no recuerdo a quién se citaba, que “la democracia es una sinfonía de voces discordantes”. El autoritarismo, en cambio, es solamente escuchar la voz del autócrata y sus voceros, y decir lo que les gusta.

Todos los participantes de esos debates, incluso los que callaron, deben sentirse orgullosos. Demuestran que hay salud democrática en la sociedad, aunque no en el gobierno.

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