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Mundo García Márquez, quince años después

En marzo de 1999, en París, y como parte de mis responsabilidades en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), me correspondió coordinar la organización de un seminario para reflexionar sobre los desafíos de Latinoamérica en el siglo XXI, que se venía encima. Los convocados eran líderes emergentes, menores de cuarenta años, y procedían del mundo de la política, la cultura, los negocios, etc.

El orador principal en la inauguración fue García Márquez. Y traigo el caso no solamente porque recién falleció, sino por lo que dijo, que yo sepa nunca publicado, y la reflexión a que invita. Fue un discurso de menos de una cuartilla, que inició así:

“El escritor italiano Giovanni Papini enfureció a nuestros abuelos en los años cuarenta con una frase envenenada: “América está hecha con los desperdicios de Europa”. Hoy no solo tenemos razones para sospechar que es cierto, sino algo más triste: que la culpa es nuestra”.

Podemos imaginar el impacto en los congregados de esas palabras iniciales. Estaban, entre otros, Felipe Calderón, quien sería Presidente de México; Ingrid Betancourt, rehén por varios años de las FARC de Colombia; Juan Carlos Navarro, candidato presidencial panameño en las elecciones de mañana; Mauricio Macri, uno de los principales dirigentes argentinos; y narradores de la talla actual de Edmundo Paz Soldán, boliviano, y Héctor Abad Faciolince, colombiano.

Continuó el Nobel:

“Simón Bolívar lo había previsto, y quiso crearnos la conciencia de una identidad propia en una línea genial de su Carta de Jamaica: “Somos un pequeño género humano”. Soñaba, y así lo dijo, con que fuéramos la patria más grande, más poderosa y unida de la tierra. Al final de sus días, mortificado por una deuda de los ingleses que todavía no terminamos de pagar, y atormentado por los franceses que trataban de venderle los últimos trastos de su revolución, suplicó desesperado: “Déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media”.

Y continuó fulminante:

“Terminamos por ser un laboratorio de ilusiones fallidas. Nuestra virtud mayor es la creatividad, y sin embargo no hemos hecho mucho más que vivir de doctrinas recalentadas y guerras ajenas, herederos de un Cristóbal Colón desventurado que nos encontró por casualidad cuando andaba buscando las Indias.”

Después de un párrafo ironizando sobre el hecho que nos reuniéramos en París para reflexionar sobre el futuro de Latinoamérica, como les había ocurrido en los sesenta a quienes en tertulias parisinas calentaron lo que sería el “boom literario” latinoamericano, concluyó diciendo:

“A ustedes, soñadores con menos de cuarenta años, les corresponde la tarea histórica de componer estos entuertos descomunales. Recuerden que las cosas de este mundo, desde los trasplantes de corazón hasta los cuartetos de Bethoveen estuvieron en la mente de sus creadores antes de estar en la realidad. No esperen nada del siglo XXI, que es el siglo XXI que lo espera todo de ustedes. Un siglo que no viene hecho de fábrica sino listo para ser forjado por ustedes a nuestra imagen y semejanza, y que solo será tan glorioso y nuestro como ustedes sean capaces de imaginarlo.”

Hay algunas reflexiones a que convocan esas palabras de García Márquez, quince años después:

Hay países de Latinoamérica que han hecho apuestas por el futuro y no lucen “un laboratorio de ilusiones fallidas”. Después del discurso del Nobel, en México el PRI entregó el poder, y lo ha recuperado democráticamente para gobernar sin “doctrinas recalentadas”. Algo semejante ocurre con la izquierda gobernando en Brasil, Chile, Perú y Uruguay.

Pero hay otros en que se ha reencarnado lo peor de la historia latinoamericana. García Márquez intuyó, cuando entrevistó a Chávez pocas semanas antes del seminario de París, que podría derivar en déspota, y despotismo es lo que heredó; y en otros países, tristemente el nuestro, se ha reencarnado el poder personal omnímodo, como el del patriarca de una de sus novelas, y se gobierna viviendo “de doctrinas recalentadas -como la del “socialismo del siglo XXI”- y guerras ajenas”, como las de Abjazia, Osetia y Ucrania.

Tres falsedades y su réplica

Con motivo del Primero de Mayo recién pasado, Ortega hizo al menos tres afirmaciones que falsifican la realidad y no pueden dejarse sin réplica.

Primero, dijo que a diferencia de gobiernos anteriores el suyo nunca ha sacado a la policía a enfrentarse con el pueblo. Lo que omite es que a semejanza de las “brigadas de reacción rápida” de Cuba, y los “colectivos motorizados” venezolanos, ha reprimido numerosas manifestaciones de protesta pacífica a través de sus fuerzas de choque paramilitares. Y ha ordenado a la policía tolerar y hasta encubrir esas represiones, como ocurrió con los jóvenes en el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (#OcupaInss).

Segundo, dijo que la oposición a su gobierno no ha tenido la capacidad de “ganarse el corazón del pueblo para ganar elecciones”, así que no les queda más “que en la desesperación gritar que hay que derrocar al gobierno sandinista”. Pregunta: ¿cuándo la oposición -que además risiblemente dijo era “alimentada por el imperio y el somocismo”- ha dicho que hay que derrocar al gobierno?

Y esto nos lleva al tercer punto. Dijo que el pueblo decide a través de las elecciones, y que él está en su derecho de continuar gobernando porque así lo decide el pueblo. Si fuese así, ¿por qué hay tantas irregularidades y fraudes en las elecciones desde que Ortega regresó al gobierno? ¿Por qué nunca ha aceptado que se cotejen las actas del fraude en las municipales del 2008? ¿Por qué ha reelegido a un Consejo Supremo Electoral que ha organizado todos esos fraudes y las infinitamente documentadas irregularidades electorales?

¿Será que Ortega se cree lo que dice, o piensa que el pueblo es tonto? Ninguna de las dos cosas: sabe que no es cierto lo que dice, y los nicaragüenses no somos tontos.

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