Tags

, , , , , , , , , , , , , , ,

Mundo

El Salvador: elecciones y lecciones

Pese a la impugnación de las elecciones por parte de la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), todo parece indicar que los resultados del recuento definitivo de la segunda vuelta electoral en El Salvador, que por estrechísimo margen ha confirmado la victoria del Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), no serán modificados. 

Esas elecciones dejan muchas lecciones para El Salvador y Nicaragua.

Es razonable la hipótesis de que si fuese el FMLN quien pierde con tan estrecho margen, también habría impugnado los resultados. No debe sorprender la actitud que ha adoptado ARENA, como también es reconocible la serenidad con la cual han actuado dirigentes, militantes y simpatizantes del FMLN. Eso, sencillamente, es parte de la dinámica democrática.

Y como parte de la reacción serena de actores clave, las fuerzas armadas rechazaron cualquier intento de manipulación política.

La lección es que una autoridad electoral respetable  y confiable puede administrar sin mayores consecuencias un resultado electoral tan estrecho. El recuento definitivo significó, en presencia de una amplia y sin limitaciones Misión de Observación Electoral de la Organización de Estados Americanos (OEA), una revisión acta por acta de cada Junta Receptora de Votos. Esto nunca lo aceptó el no respetable ni confiable Consejo Supremo Electoral (CSE) de Nicaragua, en ocasión de las elecciones municipales de 2008 en que el FSLN perdió Managua, León, Masaya, Juigalpa, Jinotega y casi tres docenas más de municipalidades. Entonces el fraude se hizo en la sumatoria de votos de las actas de las JRV y por eso el CSE no aceptó el cotejo de las mismas. Aprendida la lección, en las elecciones del 2011 y sucesivas el fraude se hizo manipulando el padrón, impidiendo la acreditación de fiscales, usando la violencia en las JRV en que siempre perdían, no dando resultados Junta por Junta, y manipulando las sumatorias. ¡Qué gran diferencia!

El próximo gobierno debe tomar nota de un dato fundamental: El Salvador está dividido por mitades. Ese nuevo gobierno no ha recibido mandato para cambiar radicalmente el modelo de Estado y de sociedad. Puede, sin duda, introducir sesgos en las políticas públicas para buscar alcanzar sus objetivos de inclusión social. Pero deberá enfrentar, y entre más apoyo recoja de la oposición mejor, la tarea fundamental de crecer económicamente a un ritmo superior al de los últimos años en que el crecimiento de ese país ha tenido un pobre desempeño. Y deberá enfrentar, y mejor lo hará entre más apoyo recoja, los alarmantes niveles de criminalidad.

En otros países, como Venezuela, gobiernos de carácter “refundacional” empezaron con holgadísimas mayorías electorales desde las cuales se lanzaron a cambiar el modelo de Estado y de sociedad. Pero al excluir a otro sector de la sociedad, por minoritario que fuera electoralmente, terminaron sumergidos en una espiral de conflictos y violencia. En el espejo de Venezuela, no debe verse el futuro gobierno de El Salvador. 

En Nicaragua, Ortega ganó con solamente el 38% y ha logrado lanzarse a la construcción de un modelo autoritario, lo cual ha sido facilitado por muchos factores, pero especialmente dos que no están presentes en El Salvador: las reformas a la Constitución del año 2000, derivadas del pacto con Alemán, que le facilitaron el rápido copamiento de todos los poderes del Estado, y la cooperación venezolana que ha llegado a representar hasta el 7% del Producto Interno Bruto (PIB). En el caso de El Salvador, un porcentaje equivalente de cooperación venezolana, significaría 1,700 millones de dólares, en vez de los 600 millones que en promedio ha recibido Nicaragua.

Para el próximo gobierno de El Salvador verse en el espejo de Nicaragua involucraría muchos riesgos, pues ni tiene el pie de amigo del pacto Alemán-Ortega, ni es razonable pensar que Venezuela, en sus condiciones, pueda asumir ese esfuerzo financiero.

En El Salvador, entonces, la apuesta más razonable es la búsqueda de un diálogo amplio, abierto, incluyente, como el que los Obispos están demandando en Nicaragua.    

Todos somos Venezuela

En la situación de Venezuela sorprenden muchas cosas, pero hay tres que quisiera destacar.

Primero, la tergiversación de los términos y conceptos. Esto va desde la afirmación demencial del Presidente Nicolás Maduro, de que su dictadura está enfrentando el intento de un “golpe de Estado”  -cuando tiene completo control del ejército, y solamente los ejércitos pueden dar golpes de Estado-   hasta la retórica del comunicado de Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR), a tono con el anterior de la Organización de Estados Americanos (OEA), en que al solidarizarse con Venezuela   -ojo, pero con la dictadura brutalmente represiva de Maduro-    parecieran hasta intentar apropiarse de la campaña “Todos somos Venezuela” que se ha lanzado desde los medios de comunicación democráticos y la ciudadanía del continente para solidarizarse, no con Maduro y su régimen, sino con el pueblo venezolano que está siendo masacrado.  Por eso el título de este artículo.

Segundo, se puede entender la genuina “solidaridad” con el régimen de Maduro de gobiernos como los de Bolivia, Cuba, Ecuador y Nicaragua, que además de tener mayor o menor dependencia financiera de Venezuela, comparten su retórica en contra de la democracia, pero países que no tienen dependencia de las finanzas petroleras venezolanas, ni dicen compartir las mareadas concepciones ideológicas de los países de la Alianza Bolivariana de los Pueblos de América (ALBA), y hasta buscan alianzas alternativas como la Alianza del Pacífico (Colombia, Chile, México y Perú) y suscriben tratados de libre comercio con los Estados Unidos, francamente no se entiende, salvo por un mal acomodamiento a los “intereses de Estado”.  Del comunicado de UNASUR se salva que decidieron enviar una misión de Cancilleres a Venezuela, para evaluar en el terreno la situación e impulsar un diálogo, que es la única salida posible si de un diálogo amplio e incluyente se trata, y no en los términos en que lo tiene planteados Maduro.     

Además, sobre esa ventanita de oportunidad, porque seguramente el gobierno de Maduro hubiese preferido que no haya tal misión de Cancilleres de UNASUR, se levanta una gran interrogante. Cuando Maduro “ganó” las elecciones frente a Capriles, en 2013, por un margen apenas superior al estrechísimo por el cual al FMLN en El Salvador el Tribunal Supremo Electoral le ha reconocido el triunfo, acudió presuroso a una reunión de UNASUR que se daba en Lima, en el momento de mayor cuestionamiento de los resultados electorales en Venezuela, y a cambio de un genuino recuento de los votos, UNASUR le endosó los dudosos resultados. Desde luego, Maduro no cumplió.  ¿No estaremos frente a la misma patraña? En este punto, habría que recordar el inolvidable papel que cumplieron los Cancilleres del Grupo Andino cuando después del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro se desató la insurrección  -armada, no civil, como en Venezuela-  y Somoza empezó a reprimir con la misma  violencia que Maduro, y los gobiernos de esos países, Venezuela incluida, vinieron a Nicaragua, y en vez de legitimar la represión de Somoza, contribuyeron a lo que más tarde fue su total aislamiento.

Tercero, y como lo dijo Leopoldo López desde la cárcel de Caracas, los que se manifiestan en las calles de su país, y sufren represión, están del lado correcto de la historia. Pero esta razón, de la que no tengo la menor duda, me hace escribir con dolor estas reflexiones, porque conozco a muchos de los dirigentes, a diferente nivel, de los gobiernos de América Latina, con quienes compartí, desde una perspectiva que mantengo de izquierda democrática, ya fuese de origen en la Doctrina Social de la Iglesia Católica, o en la Socialdemocracia Marxista Europea, o en una combinación de ambas, luchas semejantes a las que hoy se dan en las calles de Venezuela, contra dictaduras como las de Somoza, Pinochet en Chile, Videla en Argentina, o las dictaduras castrenses de Brasil, Guatemala, El Salvador y Uruguay, de rostros personales diferentes pero con el mismo sistema. Pero ese dolor se ve compensado, con creces, por el optimismo histórico del cual hablaba Gramsci.

 

Advertisements