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Mundo

El día siguiente

Una de las noticias internacionales más importante de la semana fue la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), que se realizó en Cuba.

La CELAC responde a una vieja aspiración de identidad de América Latina, básicamente alimentada por la historia y la cultura común y, desde luego, como parte de esa historia, por una reacción frente a las intervenciones abiertas y encubiertas de los Estados Unidos. El Caribe anglófono, que en general se descolonizó más de un siglo después que los países latinoamericanos, no forma parte de esa historia y esa cultura, pero de alguna forma se ha venido incorporando en esa identidad ahora recogida en la CELAC.

Los comentarios sobre la Cumbre han subrayado diversos aspectos, particularmente la distancia entre los enunciados democráticos de la carta constitutiva de la CELAC, y la realidad de algunos países, en particular Cuba, caso radicalmente alejado de esos enunciados democráticos. Pero esa distancia entre los enunciados y principios de los organismos multilaterales y la realidad de los países que los integran, no debe sorprendernos. En efecto, la pretensión de los Estados Unidos de contraponer a la CELAC el marco hemisférico de la Cumbre de las Américas, que se realiza bajo el paraguas de la Organización de Estados Americanos (OEA), y de la cual no participa Cuba, carece de sustento en la realidad. Tanto en la realidad histórica, en que la OEA estuvo plagada de las viejas dictaduras castrenses, muchas de ellas aupadas por los propios Estados Unidos, como en el presente, en que varios de los gobiernos de la región, como Nicaragua y Venezuela, están claramente alejados de los principios y enunciados de la OEA, en particular de la Carta Democrática Interamericana.

Desde el punto de vista diplomático y comunicacional, esa Cumbre, a la cual asistieron 31 de los 33 Jefes y Jefas de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe, ha sido un espaldarazo escénico al régimen cubano. Pero más allá de la escenografía, todos los países participantes de la Cumbre de la CELAC se despertaron al siguiente día lidiando con una irónica realidad, muy alejada de la escenografía habanera.

¿Cuál es esa irónica realidad? Hace pocas semanas el ex presidente del Uruguay, Julio María Sanguinetti, publicó en el periódico El País de España un artículo titulado “América Latina invertebrada”, aludiendo al hecho que más allá de  identidades retóricas, lo que en efecto está en marcha, son diversos procesos de integración regional o subregional, con grandes implicaciones en términos de los intercambios comerciales y de inversiones, y por tanto de la vida diaria de sus habitantes, e incluso algunos de ellos claramente contrapuestos entre sí. En efecto, además del Sistema de Integración Centroamericana (SICA), el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), la Comunidad del Caribe (CARICOM), entre otros, está también la Alianza del Pacífico integrada por México, Colombia, Perú y Chile, con Panamá y Costa Rica aspirando a integrarla, claramente opuesta, desde el punto de vista de sus principios y enunciados, a la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América (ALBA).

Pero en adición a lo señalado por Sanguinetti, frente a la retórica que escuchamos en la CELAC está la ironía que muchos de los países ahí reunidos tienen tratados de libre comercio con los Estados Unidos y Europa, con enormes implicaciones en la vida diaria de sus ciudadanos. Y en adición a esos tratados de libre comercio, están los procesos de integración menos formales vinculados a las migraciones a Estados Unidos y Europa, y las que se dan entre los propios países latinoamericanos, con su contraparte de remesas que en países como Nicaragua representan casi la mitad de las exportaciones.

También los cubanos y norteamericanos, una vez apagadas las luces del Centro de Convenciones de La Habana, se habrán despertado a la también irónica realidad que las migraciones de cubanos a los Estados Unidos, y sus remesas,  les vinculan por encima de  la retórica que les separa.

¿Dónde está el gobierno de consenso?

Hace dos semanas, en este mismo espacio, comentamos que el famoso “modelo de gobierno de consenso” de Ortega solamente existe según sus conveniencias. Señalábamos entonces, a propósito del desastre educativo, que para temas que el sector privado en su agenda técnica-económica, y ya no digamos en la agenda institucional, considera obstáculos estructurales para la productividad y el desarrollo del país, como la calidad de la educación, Ortega no acepta ni al sector privado ni a nadie como interlocutor. Entonces, ¿cómo puede haber gobierno de consenso?

La apresurada aprobación esta semana de las reformas constitucionales, sin prestar atención alguna a los planteamientos del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), Cámara Americana de Comercio de Nicaragua (AMCHAM), Conferencia Episcopal y Alianza Evangélica, y para qué decir de los planteamientos de otras organizaciones de la sociedad civil y partidos políticos de oposición, demuestra de forma categórica que el “el modelo de gobierno de consenso” cuando de los intereses de fondo de Ortega se trata  -en este caso de la reelección indefinida y del poder autocrático-  no existe del todo. Siendo así, se podrá entender que el gobierno se siga haciendo agua la boca repitiendo una y otra vez la palabra consenso y diálogo, pero que otros lo hagan solamente se puede entender desde la subordinación a los intereses de Ortega o la complicidad con los mismos. 

¿A qué teme Ortega?

Un aspecto de las reformas constitucionales que ha tenido poca atención es que las elecciones municipales, que en 2016 coincidirían con las presidenciales y legislativas, fueron postergadas.

¿Cómo se explica esa postergación? Bueno, se recordará que en las elecciones municipales de 2012, en más de una treintena de municipios hubo situaciones de mucha tensión y conflicto, incluso con elementos de violencia, entre las filas del FSLN por la designación de dedo de los candidatos y candidatas a las alcaldías.

Pues bien, la postergación de las elecciones se ha dado porque sencillamente Ortega planea seguir designando de dedo a todos los candidatos y candidatas a las alcaldías, y teme que el ruido, los conflictos y las contradicciones dentro del FSLN que provocará el “dedazo” contagie a su planeada reelección. Así que los miembros del FSLN ya saben a qué atenerse: del purgante autoritario que Ortega da a los nicaragüenses, ellos no están excluidos.

Pero también hay una lección para la oposición a Ortega: si a diferencia del método del “dedazo” en la oposición las candidaturas se definen por métodos democráticos, incluso elecciones primarias, no solamente se fortalecería la oposición sino que también se alentaría dentro del FSLN los cuestionamientos frente al “dedazo”.

Esa fue la experiencia de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) en Venezuela, según lo explicó hace pocos días Merino González, dirigente de la MUD, quien se reunió con todos los sectores políticos de la oposición en Nicaragua. Desde luego, Venezuela y Nicaragua no son casos idénticos, pero tienen un denominador común, de tal forma que ya nadie podrá alegar que no se conoce el camino.

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