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muñequito

“Saber que se puede, querer que se pueda” (Color Esperanza, Diego Torres)

28 de septiembre de 2013

(Edición No. 265)

La “graduación” en el FMI

El gobierno ha presentado como un resultado positivo, e incluso le ha llamado “graduación”, que no tendrá un nuevo programa de asistencia financiera con el Fondo Monetario Internacional (FMI), y en efecto lo es.

Es una buena noticia, a la cual debemos dar la bienvenida, porque implica que se han mantenido políticas económicas consistentes con la disciplina fiscal y la estabilidad macroeconómica. Estas políticas se iniciaron en 1990, con el gobierno de Violeta Chamorro, se abandonaron un poco durante el gobierno de Alemán, y se retomaron en el gobierno de Bolaños. Con Ortega se han mantenido, y el saldo más positivo es que tales políticas ahora tienen un consenso nacional total, porque Ortega desde la oposición las adversó e incluso en ocasiones las rechazó con violencia en las calles.

Un programa financiero con el FMI importa, no tanto por los recursos financieros que la entidad aporta, que en general no son tan cuantiosos como los de otras entidades financieras internacionales, sino porque implican el compromiso con esas políticas de estabilidad macroeconómica. Sin ese compromiso no se tendría acceso a los recursos de las otras entidades financieras internacionales, como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial, y los inversionistas nacionales y extranjeros tendrían menos confianza en el país. El gobierno está prescindiendo de los recursos financieros del FMI, pero no del compromiso con esas políticas e incluso hasta se ha anunciado el calendario de revisiones periódicas de la evolución de la economía por parte del FMI.

Conversaba a inicios de la semana con un profesor norteamericano que está escribiendo un ensayo sobre Nicaragua, y le decía que parte de la fortaleza de Ortega es que algunos de los fantasmas que le perseguían desde los años 80 los ha dejado en eso, en fantasmas, pues no ha repetido muchas de las políticas de entonces. Entre ellas las confiscaciones masivas que espantaron a los empresarios de todo tamaño y que, en el contexto del enfrentamiento con los Estados Unidos (otro fantasma, ese enfrentamiento, que ha quedado en fantasma), también implicaron la virtual ruptura con el FMI. Al abandonar esas políticas de los años 80, quienes creían en esos fantasmas, han respirado   -¡Uf….!-   con alivio, y consideran casi como pecado venial que el Ortega autoritario, antidemocrático, siga siendo el mismo de los años 80. “Podría ser peor…….”, comentan con alivio.

Lo que no entienden es que Ortega no podría ser peor, porque las condiciones del mundo de hoy no lo permiten. Ortega lo sabe, y por eso no “juega con fuego” en materia de políticas macroeconómicas.

Ortega no le está haciendo ningún favor a nadie con políticas macroeconómicas que son las únicas posibles. El único favor se lo está haciendo a sí mismo, como un proyecto de poder por el poder que es lo único que le importa, ya que sabe que no hay espacio para otras políticas macroeconómicas.

A Ortega, por tanto, no se le debe comparar con los años 80, sino con lo que heredó en 2007: un país estable, sin déficit fiscal, creciendo tan fuertemente como ahora (en los tres últimos años de Bolaños el crecimiento promedio del PIB fue 4.6% y en los tres últimos de Ortega 4.8%), y en democracia. Pero también debe comparársele con lo que pudo haber sido: en los años que Ortega ha estado gobernando se ha recibido más cooperación internacional y se ha tenido una extraordinaria bonanza en los precios de los productos de exportación, de modo que se pudo haber crecido más, bastante más, y los indicadores de pobreza y empleo hubiesen mejorado mucho y solamente lo han hecho marginalmente, y en el caso del salario real más bien se ha deteriorado de manera significativa. Y además, hemos perdido la democracia.

El gobierno de Ortega se podrá haber “graduado” con el FMI, pero no se ha graduado con la historia de Nicaragua y con su pueblo.     

Prudencia y esperanza        

La noticia internacional más importante ha sido, sin duda, el radical cambio en la política de Irán.

Su nuevo Presidente, Hasan Rohaní, pronunció un discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas manifestando su voluntad de diálogo con los Estados Unidos (incluso se especula con el posible restablecimiento de relaciones diplomáticas después de 33 años de interrupción en las mismas) y condenó abiertamente el holocausto  -la matanza de millones de judíos por los nazis-, hecho que su antecesor, Mahmud Ahmadinejad, en su feroz odio a Israel, había negado en la misma tribuna. Poco después el Ministro de Asuntos Exteriores de Rohaní se reunió con sus homólogos de las grandes potencias y se puso en marcha otra vez, pero ahora con grandes expectativas de resultados positivos, las negociaciones para llegar a un acuerdo sobre el programa nuclear iraní.

Los hechos de la semana honran la radical apertura que significó un artículo que la semana pasada escribió en el Washington Post el Presidente Hasan Rohaní. En el primer párrafo de ese artículo Rohaní dice: “Hace tres meses mi programa de “prudencia y esperanza” obtuvo un mandato popular. Los iraníes acogieron con entusiasmo mi postura sobre los asuntos nacionales e internacionales porque pensaron que era necesario desde hacía mucho tiempo. Estoy decidido a cumplir las promesas que hice a mi pueblo, incluido mi compromiso de entablar una relación constructiva con el resto del mundo”.

La lección para los nicaragüenses es múltiple. Primero, hasta en Irán se cuentan bien los votos, y a través de los votos cambió su gobierno; segundo, cuando hay cambios de gobiernos se pueden esperar políticas diferentes; tercero, cuando se puede cambiar gobiernos y por tanto políticas, el pueblo puede esperar que se haga realidad lo que quiere para resolver sus necesidades.

Rohaní ofreció a su pueblo un programa de “prudencia y esperanza”, y con audaz iniciativa está avivando la esperanza de su pueblo y del mundo. Y es que la audacia, hasta rayar en la imprudencia, cuando responde a la realidad, y la realidad es que los iraníes querían un cambio que Rohaní lo está ejecutando, termina siendo prudente.

En Nicaragua, si queremos que los votos se vuelvan a contar bien, tenemos que preguntarnos cuál es la audacia que resulta prudente.

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