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El pulso

Política y politiquería

En el caso de la sentencia de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de noviembre de 2012, que estableció los límites marítimos definitivos entre Colombia y Nicaragua, se puede apreciar nítidamente la diferencia entre política y politiquería.

Política, y política de Estado, ha sido la de Nicaragua, que ha mantenido invariable durante varios gobiernos, de diferente signo ideológico, y apegada estrictamente al derecho internacional, su demanda para el establecimiento de límites sobre una base de equidad, que es el principio fundamental que rige las sentencias de la Corte Internacional de Justicia (CIJ).

Política, también,  ha sido la reacción de todos los sectores nicaragüenses, cerrando filas en torno a los derechos e intereses marítimos de Nicaragua, por encima de diferencias internas.

Pero politiquería es la del Presidente Santos de Colombia, que ha declarado inaplicable la sentencia, y la del ex presidente Uribe que incluso llama a desconocerla. Como lo señalan muchos analistas, todo responde a cálculos de política interna colombiana.

La mejor manera de conmemorar las Fiestas Patrias es esta manifestación de unanimidad nacional respaldando la posición que en relación a la sentencia de la Corte, y Colombia, ha sostenido el gobierno de Ortega. Cuando del interés nacional se trata, el patriotismo demanda dejar a un lado las diferencias de política interna, y es lo que hemos hecho.

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Pero politiquera ha sido la posición de Ortega cuando con motivo del cuarenta aniversario del golpe de Estado contra Allende, en Chile, pronunció un discurso diciendo que en Nicaragua se “urden planes (de golpe) a diario” y agregó que “hay grupos políticos que todos conocemos, que ya quisieran que sucediera en Nicaragua lo mismo que sucedió en Chile”.

El Ortega estadista, en materia de política exterior referida a los derechos marítimos de Nicaragua, rápidamente se deslizó al Ortega sectario, excluyente, conspirativo, que conocemos.

El golpe de Estado en Chile, se sabe, fue resultado de la conspiración del gobierno de los Estados Unidos, con el ejército y la cúpula empresarial chilena, sobre el trasfondo de una enorme polarización política entre quienes apoyaban y adversaban al gobierno de Allende.

¿Es que acaso aquí la cúpula empresarial con la cual recién se reunió Ortega, y el Ejército, y los Estados Unidos, están conspirando para que se repita lo de Chile? Ortega tendría que aclararlo, porque en la oposición no nos sentimos aludidos en absoluto por semejante exabrupto.

Ortega fue más allá en su diatriba. Dijo que hay “gente que no le tiene ningún amor a Nicaragua. Gente que quisiera que Colombia se quedara con ese mar, o que Colombia nos invadiera y nos agrediera”.

Ortega está en la obligación de aclarar a que gente se refiere. Pero como no lo podrá hacer, pues a pesar de él todos los nicaragüenses hemos cerrado fila en torno a la política de defensa de los intereses nacionales, en relación a la sentencia de la CIJ que estableció nítidamente los límites marítimos con Colombia, Ortega se revela, una vez más, en política interna, como un politiquero. 

El bono al presupuesto

Como era previsible, ha llegado el momento en que el llamado “bono solidario”  -una remuneración extraordinaria para numerosos empleados públicos-  que el gobierno de Ortega venía pagando con recursos de la cooperación venezolana, pasará a pagarse con recursos del presupuesto nacional.

Aunque esa decisión tensiona al presupuesto nacional, porque de alguna parte saldrán esos recursos y sin duda otras partidas presupuestarias se verán disminuidas, es una buena decisión en varios sentidos.

En primer lugar, porque es mejor disminuir la dependencia de la cooperación venezolana ahora, en que hay relativa holgura presupuestaria, que después, cuando podría ser más difícil absorber ese gasto.

En segundo lugar, porque siempre debería haber sido así,  que los empleados públicos reciban como derecho, como parte de su sueldo, lo que Ortega les presentó como favor o caridad. 

Amartya Sen en Nicaragua

Estuvo en Nicaragua para participar en la Conferencia Internacional sobre el Desarrollo Humano 2013, el Premio Nobel de Economía 1998 Amartya Sen.

Economista, y de hecho también filósofo, son muchas las contribuciones de Amartya Sen a la economía y las ciencias sociales en general. Pero la más difundida es, sin duda, toda su argumentación y fundamentación empírica que supera la dualidad entre libertad y necesidad.

De esa dualidad se han alimentado los autoritarismos de todo tipo y todos los tiempos, sosteniendo que no importa cercenar la libertad si se resuelven las necesidades materiales. Una argumentación más sofisticada es la que, fundamentalmente desarrollada por el sociólogo y politólogo norteamericano Sigmour Lipset, sostiene que la modernización económica, aunque sea bajo un régimen autoritario, terminará en liberalización política. Normalmente, con regímenes autoritarios, que sofocan la libertad, lo que está al final del camino es el conflicto y el estallido social, porque como lo argumenta Sen, la libertad es un bien esencial del ser humano, y más esencial que muchas cosas materiales. Lo vimos los nicaragüenses con Somoza.

Amartya Sen en su formidable ensayo “La democracia como valor universal” señala: “A lo largo del siglo XIX era habitual que los teóricos de la democracias se preguntaran si tal o cual país “estaba preparado para la democracia”. Tal forma de pensar no cambió sino hasta el siglo XX, con el reconocimiento de que la pregunta misma era un error: un país no tiene por qué estar preparado para la democracia, sino más bien estar preparado mediante la democracia”.

En un artículo que publiqué esta semana en La Prensa, también comentando la visita de Amartya Sen, demostré que el crecimiento económico bajo el régimen autoritario de Ortega no ha sido mayor que con los gobiernos democráticos anteriores. Entonces, concluía, “si se puede crecer más y mejor en democracia, ¿por qué apoyar crecer menos y peor con autoritarismo?” Esta es la lección que nos deja la visita del Premio Nobel de Economía.

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