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La lección de Amartya Sen para Nicaragua

Se ha anunciado que Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, participará en la Conferencia Internacional sobre Desarrollo Humano 2013 que será inaugurada hoy y de la cual es anfitriona la Universidad Centroamericana (UCA).

La conferencia se da justamente cuando en Nicaragua se ha abierto, a raíz de la “Cumbre Ortega-Empresarios” (como la llamó un vocero de Ortega), un sano debate sobre el crecimiento económico bajo un régimen autoritario.

Pareciera ser que, en sus extremos, las posiciones son: mejor crecer, aunque el Gobierno sea autoritario, que no crecer; y en el otro extremo, para crecer no hay que sacrificar la democracia.

Ocurre que Amartya Sen, quien ha actualizado en el debate sobre el desarrollo la importancia de la ética y de los valores humanos, como la libertad —no olvidemos que el fundador de la economía moderna, Adam Smith, era un filósofo de la moral—, escribió en su notable ensayo “La democracia como valor universal”, cosas como las siguientes:

“A lo largo del siglo XIX era habitual que los teóricos de la democracia se preguntaran si tal o cual país “estaba preparado para la democracia”. Tal forma de pensar no cambió sino hasta el siglo XX, con el reconocimiento de que la pregunta misma era un error: un país no tiene por qué estar preparado para la democracia, sino más bien estar preparado mediante la democracia”.

Y refiriéndose a su país, la democracia con más población en el mundo, aproximadamente tres veces la de Estados Unidos, Sen señala:

“India, una torpe, insólita y poco elegante combinación de diferencias, ha sobrevivido a pesar de todo y funciona correctamente como unidad política regida por un sistema democrático. De hecho, se mantiene unida gracias precisamente a la democracia”.

Como es lógico esperar, una opinión, por más solvente que sea, incluso la de un Premio Nobel, no puede saldar el persistente debate sobre si la democracia ayuda al crecimiento económico, o el crecimiento económico es posible aún sin la democracia, y se señalan, a este respecto, los casos de China y Vietnam, y algunos otros. Y los estudios son abundantes en una y otra dirección.

Amartya Sen puso una loza sobre ese debate con el siguiente contundente razonamiento:

“Si se consideran todos los estudios en su conjunto, la hipótesis de que no existe una relación definida entre crecimiento económico y democracia en ninguna de las dos direcciones continúa siendo muy plausible. Y dado que la democracia y la libertad política constituyen valores en sí mismas, su defensa queda, pues a salvo”.

Pues bien, en el caso nicaragüense, el mencionado debate se deslinda muy claramente y muy a pesar de los apologistas del autoritarismo, a favor de la democracia: entre 2002 y 2006, en democracia, el crecimiento promedio de la economía fue del 3.4 por ciento. Y lo anterior, pese a que el presidente Bolaños, que empezó en 2002, heredó del gobierno anterior un déficit fiscal enorme y los precios de los productos de exportación no eran tan buenos como recientemente. Además debió enfrentar la oposición tenaz de Ortega y Alemán, que juntos controlaban la Asamblea Nacional, y le sabotearon varias iniciativas, como la energía, haciendo daño al país. En un lapso semejante, entre 2007 y 2012, con el autoritario gobierno de Ortega, y pese a la primera bonanza sincronizada de los precios de todos nuestros productos de exportación, mucha más cooperación externa, haber heredado un país sin déficit fiscal, con una deuda externa insignificante y con una enorme cartera de proyectos de infraestructura, el crecimiento promedio de la economía, el 3.5 por ciento, ha sido prácticamente igual. Y si solamente tomamos en cuenta los tres últimos años de Bolaños (2004-2006), superado el ajuste obligado por los excesos macroeconómicos de Alemán, el crecimiento promedio fue de 4.6 por ciento, muy superior al de Ortega.

Y en la etapa final del gobierno de Violeta Chamorro, superados los grandes desequilibrios de los ochenta, la economía creció más que durante este segundo gobierno de Ortega y en condiciones sumamente adversas.

Demostrado que en democracia se puede crecer igual o más, vamos al siguiente argumento de los apologistas del autoritarismo de Ortega: “Uf, qué alivio. Nos podría ir peor si fuese el mismo Ortega de los años ochenta”, como si hubiese condiciones para que Ortega sea el mismo de entonces.

Es decir, se adopta la posición del mal menor, en vez de la posición del bien mayor.

Si se puede crecer más y mejor en democracia, ¿por qué apoyar crecer menos y peor con autoritarismo? Esa es la lección que deja el pensamiento de Amartya Sen. El autor es excandidato a la vicepresidencia de Nicaragua.

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