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¿Ortega gana elecciones o las manipula?

Por: Edmundo Jarquín

Tomando como válidos los resultados electorales que el gobierno de Ortega publica, el escritor Carlos Alberto Montaner en un artículo sobre el neosandinismo se hace eco de los “buenos resultados electorales” que el mismo habría obtenido. Esos resultados se explicarían por una transformación de la opinión pública nicaragüense que Montaner atribuye a “una hábil manipulación neopopulista”, habilitada por los recursos de la cooperación venezolana.

Montaner caracteriza bien al régimen de Ortega, como de autoritarismo corporativo para los empresarios (hagan negocios mientras no se metan en política), y de autoritarismo populista para los pobres que, por cierto, solamente han disminuido en poco más del uno por ciento. Para llegar a la conclusión que Ortega está teniendo buenos resultados electorales habría que asumir que en Nicaragua se cuentan bien los votos, lo que no ocurre.

Desde que Ortega regresó al gobierno se empezaron a manipular los resultados electorales. Él perdió en 1990, 1996 y 2001 con un promedio del 40 por ciento, y ganó en 2006 con el 38 por ciento, pues se dividió el bloque antisandinista.

Su autoritarismo condujo rápidamente a una transformación política, y la polarización entre sandinismo y antisandinismo derivó a polarización entre orteguismo y antiorteguismo. En las elecciones municipales de 2008, con el antiorteguismo unificado, incluyendo al Movimiento Renovador Sandinista (MRS), Ortega perdió, incluso en ciudades como Managua, León y Masaya, donde tradicionalmente ganaba. El Consejo Supremo Electoral (CSE), para entonces totalmente manipulado por Ortega, no aceptó cotejar las actas de cada Junta Receptora de Votos (JRV), en una admisión obvia de que el orteguismo había perdido.

En 2011 la manipulación fue total: se invirtieron los resultados históricos y Ortega aparece ganando con el 62.5 por ciento.

Para entender esos resultados considérese que el día de las elecciones el jefe de la Misión de Observación de la Organización de Estados Americanos (OEA), el excanciller argentino Dante Caputo, en conferencia de prensa dijo que habían tenido dificultad en acreditar un número sustancial de observadores. “Es un caso que no había sucedido antes, lo que nos resulta preocupante”, expresó. “Si carecemos de observación, carecemos de un elemento básico para guiarnos a la hora de formar nuestra opinión sobre el proceso electoral”. Y en una manifestación dramática concluyó: “No sabemos por qué… Hemos perdido el radar, mejor dicho, nos han tapado el radar”.

La Misión de Observación de la Unión Europea emitió su declaración preliminar indicando que el proceso “ha estado dirigido por un consejo electoral muy poco independiente y ecuánime, que no ha cumplido con su deber de transparencia y colaboración con todos los partidos”. Después de enumerar una serie de anomalías, concluye que las mismas “constituyen serias limitaciones a la transparencia y reducen notablemente la capacidad de verificación de fases fundamentales del proceso, incluida la sumatoria de resultados en los centros de cómputo”.

Diez días después esa Misión lamentó que la escasa transparencia se “haya mantenido e incluso agravado durante la sumatoria de resultados en los distintos niveles de la administración electoral”.

Que Ortega haya obtenido el 62.5 por ciento de los votos requeriría que el 80 por ciento de las JRV, donde siempre perdió con una diferencia del 10 por ciento o más de los votos, habrían migrado a su favor.

Ese dramático cambio en las preferencias electorales, no usual en sistemas políticos como el nicaragüense, se intenta explicar como resultado de las políticas clientelares. Pero, ¿quién puede asegurar que en buena parte de esas JRV que “habrían migrado” en sus preferencias no ocurrió lo mismo que en la mía? La JRV donde votó, la misma en que ha votado la expresidenta Violeta Chamorro, en un barrio de clase media alta, sin programas clientelares (bolsa de comida, láminas de zinc, etc.), en las presidenciales de 2001 Ortega obtuvo el 34 por ciento de los votos; en las municipales de 2004, el 33.7 por ciento; en las presidenciales de 2006, el 27 por ciento; en las municipales de 2008, el 34 por ciento, y en 2011… el ¡63 %!

El CSE, obviamente, se ha negado a publicar los datos de la totalidad de las JRV, pues entonces se podría establecer si ha habido o no un cambio en las preferencias electorales.

El politólogo José Antonio Peraza, de quien he tomado algunos datos, publicó un estudio correctamente titulado “Elecciones 2011: ¿Manipulación o ruptura del patrón electoral histórico?” El autor es excandidato a la Vicepresidencia de Nicaragua.

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