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El pulso

“Saber que se puede, querer que se pueda” (Color Esperanza, Diego Torres)

El camino de Pedro

Esta semana se cumplió el 35 aniversario del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro

Nadie discute que el asesinato de Pedro Joaquín, actuando sobre un trasfondo de dignidades heridas, humillaciones acumuladas, rabias reprimidas, crecimiento de su estatura moral y política ante los ojos de los nicaragüenses, y condiciones externas propicias, fue el desencadenante de todos esos agravios e insatisfacciones hasta entonces contenidas, y, menos de dos años después, la dictadura de los Somoza llegaba a su fin.

Después de más de un cuarto de siglo, entre 1950 y 1977, de crecimiento económico de más del doble, en promedio, del que hemos tenido en los años del actual gobierno de Ortega, no había razones económicas para explicar la furia popular que se desencadenó después del asesinato de Pedro.

Las razones que explican lo que ocurrió después de ese hecho son de naturaleza moral, y política, cuando la política está fundada en la moral. Y ese es el caso de la inmensa mayoría de nuestros ciudadanos que, obligados por la necesidad, van, buscan, y reciben la limosna y el favor, pero guardan el agravio y la humillación de la mano extendida. O el de los empresarios y productores que deben buscar como favor político y administrativo lo que les corresponde como derecho y, también, guardan para sí esa humillación.

Me provocó la anterior reflexión que, en ocasión del aniversario del asesinato de Pedro Joaquín, la Fundación Violeta Chamorro publicó el formidable libro “La democracia de Pedro Joaquín y Presidenta Violeta Chamorro”. Este libro, muy bien editado por Cristiana Chamorro Barrios, parece, a propósito de la lucha y el pensamiento de Pedro Joaquín, y la extraordinaria gesta cívica democrática de su esposa Violeta, como una gran interrogación que nuestra historia de lucha por la democracia plantea a la situación actual.

La complacencia resignada con la cual importantes sectores de nuestra sociedad toleran, aceptan, los abusos autoritarios de Ortega, me recuerda las soledades que con Pedro Joaquín y otros dirigentes opositores transitábamos en nuestra lucha contra la dictadura, apenas pocos, muy pocos años antes que la misma fuese derrumbada. Entonces, como ahora, había muchas razones para el desencanto y el desfallecimiento en la lucha. Ese ambiente lo recogió Pedro Joaquín en una nota de su “Diario Político” y que otro hijo, Carlos Fernando, lo ha recordado en un artículo escrito por la misma ocasión: “Lo importante es que nuestra gente de arriba está feliz con el régimen porque para ellos la vida se agota en el “profit”, y por otra parte el pueblo después de 40 años de opresión, corrupción y desencantos, solo espera milagros”.

Pero no tengo dudas que ahora, como entonces, el inventario de insatisfacciones y rabias contenidas está creciendo. Si hemos de ser leales a la memoria de Pedro Joaquín y Violeta, se trata de persistir, como ha escrito Carlos Fernando, en “el camino de la lucha por la libertad sin concesiones; el camino obligado de las alianzas y el pluralismo político para buscar soluciones nacionales; el camino que antepone ante todo los principios democrático, para nunca perder el rumbo en un largo recorrido minado de trampas; el camino de la democracia con justicia social, asumiendo todas las consecuencias. Es el camino de Pedro Joaquín Chamorro, para que Nicaragua vuelva a ser República”.

¿Estamos, realmente, condenados?

En el libro presentado hace dos días con motivo del aniversario del asesinato de Pedro Joaquín Chamorro, se recoge, del “Diario de un preso” que él escribiera a finales de los años cincuenta, una frase estremecedora: “Ciudadano Chamorro, se le condena a la búsqueda de una Patria”.

Entonces Pedro Joaquín estaba preso y sometido a un Consejo de Guerra, y en un sueño, en verdad pesadilla, recibió esa sentencia.

Hace pocos años asistí en Costa Rica a una reunión de emigrados nicaragüenses y esa condena estremecedora se me vino a la memoria porque, en efecto, los emigrantes son exiliados socioeconómicos, condenados a buscar en otra parte, en otra Patria, lo que no encuentran en la propia.

En la época de Somoza, a diferencia de ahora, eran miles los salvadoreños, incluso hondureños, que venían a buscar trabajo a Nicaragua. Entonces, las razones del exilio eran fundamentalmente políticas. Ahora es al revés, y peor: se emigra por razones económicas, y también por razones políticas.

Las razones económicas son obvias, y el hecho que la emigración continúa en ascenso cuestiona el calado de lo éxitos económicos que el Orteguismo reclama, y algunos le conceden. Pero como las razones políticas podrían no resultar tan obvias, quisiera hacer algunas preguntas:

¿No hay, acaso, profesionales, maestras, enfermeras, que han tenido que emigrar porque si no gestionan a través de un CPC (Consejo del Poder Ciudadano) un puesto de trabajo, no lo consiguen? Conozco a muchas personas en esa situación.

¿No hay, acaso, buhoneros y buhoneras que han visto terminados sus negocios por las “roscas” de corruptela en la Dirección General de Aduanas, y han tenido que emigrar? Conozco casos de esa naturaleza.

¿No es acaso cierto que con las extraordinarias condiciones externas positivas de los últimos años, en términos de comercio y financiamiento, si hubiesen mejores condiciones políticas, tendríamos más y mejores empleos, y por tanto menos razones para emigrar? La respuesta es obvia.

En otra reunión de emigrantes nicaragüenses, entonces en Los Ángeles, California, recuerdo que en mi intervención cité de memoria, como lo hago ahora, otro pasaje del “Diario de un preso” de Pedro Joaquín. Después de una sesión de torturas regresó a su celda uno de sus compañeros de infortunio político, y desfalleciente dijo: “Quisiera ser extranjero para volverme a mi país”.

La lucha de Pedro Joaquín nos debería ayudar a pensar que no estamos condenados a la actual miseria moral y política, que es el trasfondo de nuestras carencias socioeconómicas. Que Nicaragua puede estar mejor, bastante mejor. Que nuestro país tiene todo el potencial para que ningún nicaragüense tenga que emigrar. Y que los centenares de miles que lo han hecho  -realmente extranjeros en Costa Rica, El Salvador, Panamá, Estados Unidos, España y otros países-  puedan regresar a su país. Para esto, tenemos que conservar, como premisa, nuestra capacidad de indignación frente a la situación actual. Al respecto, Pedro Joaquín también nos presta una reflexión, de aquellos años de derrota e impotencia frente a la dictadura de entonces:

“Estoy indignado…..

Esa indignación contra la maldad, me da fuerza, y así es que puedo esperar, y tener fe”

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